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Por Caius Apicius Madrid,
28 may
(EFE)
.- Hay que ser optimistas y pensar que
a lo mejor tenemos un respiro antes de julio; pero el hecho es que
de repente, sin avisar, se nos ha echado encima el calor y, con
él, empiezan a apetecer cosas tradicionalmente ligadas al
estío, como los helados. Aunque la industria heladera sea
relativamente reciente, la afición del hombre por las cosas
frías es muy antigua. Por supuesto, en otras épocas
no era tan fácil como ahora satisfacerla; tomar cosas heladas
estaba sólo al alcance de los más privilegiados. Pero
eso no impedía que los chinos, primero; los persas, después,
y -cómo no- los romanos, se deleitasen con preparaciones
en las que la nieve, que aprendieron a almacenar y conservar, tenía
un papel importante.
Hoy, probablemente, para los consumidores
más jóvenes la idea de un helado vaya ligada a alguna
de las grandes empresas americanas del sector. Para los menos jóvenes,
será más fácil asociar los helados con Italia;
rara será la ciudad en la que no haya, o haya habido, una
buena heladería `Italiana`, en la que, por lo general, se
preparaban unos excelentes helados artesanos. A mí me gustan
mucho los helados de siempre; reconozco que hay firmas potentes
que los hacen muy bien, pero sigo siendo devoto de los de la `Italiana`
de turno. Y, desde luego, apuesto por los helados hechos en casa,
cosa no especialmente complicada y para la que sólo hay que
tener en cuenta lo que Paul Bocuse decía de los congelados,
a saber, que si usted congela basura, comerá basura. De modo
que ya lo saben: no hay buenos helados con malos ingredientes.
Me gusta mucho el helado de turrón.
En casa, la última vez, partimos de media `torta imperial`,
ya saben, esos turrones duros (Alicante) delgaditos y redondos.
Como primera providencia, la trituramos en el robot de cocina. Batimos
una yema de huevo, la mezclamos con medio vaso de leche y pusimos
el cazo a fuego suave hasta que la mezcla espesó, momento
en el que le incorporamos el turrón triturado y la dejamos
enfriar. Mientras, montamos la clara que teníamos suelta
con dos gotas de zumo de limón, e hicimos lo mismo con dos
decilitros de nata, con una cucharada de azúcar `glas`. Una
vez que la mezcla de crema y turrón estuvo fría, incorporamos
la nata, batiendo con cuidado, y a continuación hicimos lo
mismo con la clara montada.
Trabajamos hasta conseguir una mezcla homogénea,
pero dejando que se notasen pequeños trocitos de almendra,
que me gusta mucho encontrar después en la boca al tomar
el helado. Así las cosas, a la sorbetera con él. Por
supuesto, lo mismo puede hacerse con turrón blando (Jijona).
Pero tenemos particular querencia por el helado más típico
de las tardes madrileñas: la leche merengada, ésa
que daba aquella vaca lechera que no era "una vaca cualquiera",
sino una vaca "tan salada, tolón-tolón".
Una copa de leche merengada, con una buena dosis de canela, en una
terraza madrileña, a la caída de la tarde, cuando
llega `la fresca`, es... una delicia.
Y en casa, también. Pongan en una
cacerola un litro de leche entera, con unos 150 gramos de azúcar
-o algo más, si son ustedes golosos-, una piel de limón
y un palo de canela, y hiérvanla tres minutos, removiendo
para que el azúcar se disuelva por completo. Déjenla
enfriar y retiren de la leche tanto el limón como la canela.
Pongan la leche en la sorbetera. Cuando empiece a tomar cuerpo,
incorporen dos claras de huevo que habrán montado a punto
de nieve con una cucharada de azúcar `glas`; este proceso
ha de hacerse con mucha suavidad. Dejen a la sorbetera hacer su
trabajo... y, cuando vayan a tomar su leche merengada, no olviden
espolvorearla con abundante canela en polvo. Una cosa: si la quieren
más cremosa, sustituyan un cuarto de litro de leche por la
misma cantidad de nata líquida.
Si no disponen de sorbetera eléctrica,
no dejen de preparar leche merengada, ya que puede hacerse perfectamente
en el congelador. Metan la leche hervida y aromatizada, una vez
retirados limón y canela, en el congelador, hasta que tome
cuerpo; sáquenla, bátanla bien, añadan las
claras mezclando a conciencia y con cuidado y vuélvanla al
congelador. Como media hora después, sáquenla de nuevo
y mezclen bien de abajo arriba. Este último paso vale también
para cualquier helado que quieran hacer en el congelador. Una cosa:
saquen su helado del congelador con tiempo. Un helado ha de ser
más cremoso que pétreo y, pese a su nombre, no debe
estar helado; un exceso de frío arruina su textura, su aroma
y su sabor: es hielo de colores. Y un helado es... mucho más.
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