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Por Caius Apicius Madrid,
31 may
(EFE)
.- Cuentan -pero Alá es el más
sabio- que hubo en tiempos un docto imán, en la Sublime Puerta,
muy versado en las enseñanzas del Corán, a las que
dedicaba su vida y sus afanes. Este imán, sin embargo, era
humano, y, como tal, también tenía sus defectillos,
sus vicios. En su caso, el principal era su desmedido amor por las
berenjenas, muy apreciadas en Turquía cuando ya Bizancio
había caído en manos musulmanas. Las berenjenas, por
su parte, aunque no contienen ni un átomo de grasa, tienen
también un defectillo: les gusta con locura el aceite de
oliva, y se beben el que les echen, por mucho que sea.
Nuestro imán se casó con
una jovencita que, a sus encantos naturales, unía la virtud
de no tener rival conocido preparando las berenjenas. Esta moza
pidió y obtuvo como dote una docena de jarras grandes de
aceite de oliva, precisamente para preparar berenjenas para el imán.
La dote, abundante, se consumió en las once primeras noches
del matrimonio. Cuentan que cuando el imán lo supo se desmayó
del susto. Por esto el plato que preparaba la joven pero experta
cocinera es conocido todavía hoy con el nombre de Imam Bayildi,
que podríamos traducir por "el imán se quedó
pasmado".
Si quieren probar, la cosa tiene pocos
lances. Corten los tallos de las berenjenas, dejando un par de centímetros.
Lávenlas, y hagan unas cuantas incisiones longitudinales
en la piel, dejando tiras de ésta de al menos otro par de
centímetros de ancho para evitar que se deshagan al cocinarlas.
Salpíquenlas de sal y déjenlas "sudar" media
hora: perderán agua y amargor, y también moderarán
su sed de aceite de oliva. Frían las berenjenas en aceite
de oliva, hasta que empiecen a amustiarse. Retírenlas de
la sartén y pónganlas, una junto a otra, en una fuente
de horno. Intercalen entre ellas algunas rodajas de cebolla. Piquen
más cebolla y dórenla en el mismo aceite, añadiendo
unos dientes de ajo, también picado, sal, pimienta y, al
final, un poco de perejil picadito.
Den un corte a lo largo a las berenjenas;
si es necesario, quiten algunas de las semillas agrandando el corte.
Deben quedar enteras, de todos modos. Rellenen el agujero con el
sofrito, que habrán dejado enfriar un poco. Pongan encima
del conjunto tomates en rodajas, más perejil picado, espolvoreen
con sal y un poco de pan rallado y echen por encima el aceite que
haya quedado en la sartén. Dejen hacer a horno moderado hasta
que estén listas, entre 30 y 45 minutos, depende del horno.
Sírvanlas frías, y traten de entender luego la reacción
del imán de nuestra historia. Así se preparan todavía
en Grecia, y también en Turquía, lugar originario
del plato, que, como ven, no puede remontarse al Imperio Bizantino
porque, entre otras cosas, por entonces los tomates estaban en la
mata, en América, aún tierra ignota, pese a que el
último emperador de Bizancio esté enterrado... en
suelo americano.
La berenjena es de origen indio. Su nombre
parece proceder de una palabra persa, bedinyena, aunque su nombre
científico sea Solanum melongena. Llegó a Europa,
como tantas otras cosas, traída por los árabes. En
el siglo XIII hay testimonio escrito de su presencia en España,
en recetarios andalusíes. En Sicilia, también ocupada
por los árabes entonces, entró en el siglo XIV. De
allí pasó a Italia, donde hay muchas preparaciones
de melanzane, que es su nombre italiano. En los dos siglos siguientes,
las berenjenas se expandieron por Francia y el resto de Europa...
y hasta hoy.
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