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Por Caius Apicius Madrid,
11 jun
(EFE)
.- Dentro de su característica común
de tener los pies en la cabeza, que no ésta en aquellos como
algunos pudieran pensar, los cefalópodos ofrecen una amplia
variedad de aspectos, que en algunos casos han contribuido a crear
erróneas famas relativas a su comportamiento, que no a su
sabor, generalmente apreciado. Así, a lo largo de la historia
el aspecto amenazador del pulpo le ha valido fama de animal agresivo,
siendo uno de los seres más asustadizos de cuantos pueblan
los mares. En el extremo opuesto, no parece que nadie pueda temer
a un molusco con aspecto de ciudadano orondo, tranquilo y satisfecho
de sí mismo, como la sepia.
En efecto, la sepia sería algo así
como el `Gordito Relleno` de los cefalópodos. Quizá
esa forma rechoncha, pacífica, haya influido en el aprecio
en que se tiene su carne desde tiempos bien remotos, ya que sabemos
que tanto griegos como -luego lo veremos- romanos fueron muy aficionados
a saborear este molusco. La sepia es un animalito que recibe diferentes
nombres. El, digamos, oficial, es el de choco, tanto en castellano
como en gallego, y también en vascuence, aunque escrito `txoko`,
palabra de notables resonancias gastronómico-pandilleras.
`Sépia`, o `sipia`, se le llama en las lenguas catalanas;
de ese nombre, latino, viene otro de los suyos, jibia, que no deriva
de giba, como alguna vez se creyó.
Su nombre científico es `Sepia officinalis`,
lo que nos indica su uso en farmacopea; más que el suyo,
el de su hueso interno o `pluma`, ésa misma que nuestras
abuelas solían poner entre los barrotillos de la jaula del
canario para que éste fortaleciese su pico. Pero hay más
sépidos; fundamentalmente consumimos el choquito, o `Sepia
elegans`, y el choquito picudo o `Sepia orbygniana`, que ya son
ganas de tener apellido exótico. No dejaremos de advertir
que en los mercados suele encontrarse la `Sepia aculeata`, procedente
de la India, difícil de distinguir de la `officinalis` por
despacharse limpia; también un producto llamado `trozos de
sepia`, que en realidad son tiras de potón del Pacífico
(Dosidicus gigas), animal de mucho mayor tamaño y menor calidad.
Ya ven que hay sepias para todos los gustos
y de todos los tamaños. En España es un producto bastante
apreciado; tal vez la forma más común de consumirlo
sea sencillamente a la plancha, con el acompañamiento de
un alioli más o menos punzante, como suele tomarse en Valencia;
pero la sepia es poco menos que plato nacional en lugares tan distantes
como el litoral onubense, donde se guisa con habas, o en la villa
pontevedresa de Redondela, donde hasta el equipo de fútbol
de la localidad es el `Choco C.F.`. En Galicia, desde luego, no
son raras las empanadas de choquitos; la verdad es que están
muy ricas, sobre todo cuando se usan los más pequeños
y se guisan con su bolsita de tinta, que explota en la boca del
comensal avisado; si no lo es tanto, es probable que la explosión
se produzca en otro momento y lugar, con lamentables consecuencias
para la pulcritud de su atuendo.
Pero decíamos que ya los romanos
apreciaban las sepias. Así es; en el libro del viejo Apicius
-recuerden que no se llamaba Caius, sino Marcus Gavius- aparecen
varias recetas para este sabroso cefalópodo. Una de ellas,
que lo liga con guisantes, nos parece muy apetecible; después
de todo, los onubenses toman los chocos con habas; yo recuerdo alguna
combinación de estos dos elementos muy satisfactoria en fogones
catalanes, siempre con sepias pequeñitas, que creo recordar
que por allí llaman `sepionets`. Vamos con la receta de Apicius.
El la llama `guisantes índicos`, pero la receta no tiene
nada que ver con la India, sino con la tinta de las sepias, que
recuerda el color de un colorante negro al que Plinio, que dice
ignorar su composición, llama `indicum`. Nosotros la hemos
adaptado a nuestros modos culinarios.
Cuezan, hasta dejarlos `al dente`, guisantes,
con un poco de puerro muy picado y un aire de cilantro, hierba con
la que conviene ser muy prudentes. En otra cazuela, con un chorrito
de aceite de oliva, salteen sepias pequeñitas, que habrán
limpiado, pero que conservarán sus bolsitas de tinta. Machaquen
en el mortero unos granos de pimienta, otros de alcaravea y un poco
de orégano; diluyan esto con un chorrito de vino y añádanlo
a los choquitos. Sálenlos, dejen que se hagan hasta que estén
tiernos, incorporen los guisantes a la cazuela y llévenla
a la mesa sin más dilaciones. Será cuestión
de usar la sepia `elegans`, y dejar la `officinalis`, más
grande, para la plancha. En cualquier caso, ya ven que esto de la
sepia no es, precisamente, cosa de cuatro días: lleva muchos
siglos en la cultura, al menos gastronómica, de los pueblos
del Mediterráneo.
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