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Por Caius Apicius
Madrid, 28 jun (EFE)
.- Para algunos, el del ajo es un auténtico
"perfume de gourmet"; para muchos más, un olor
insoportable del que conviene huir; compartir una u otra opinión
suele estar en razón directa de la distancia al Mediterráneo
de cada cual. Porque, en efecto, el ajo está presente en
todas las cocinas mediterráneas... lo que no le garantiza
la popularidad. La verdad es que oler, huele. Mucho. Y mucho rato,
además. Eso hace que tenga muchos enemigos, que estiman que
el ajo es la ruina de muchos platos; entre ellos, el escritor español
Julio Camba, quien escribió que "la cocina española
está llena de ajo y de preocupaciones religiosas".
Camba, como tantos otros autores, se contaba
entre los detractores del ajo, ese bulbo consustancial a las cocinas
españolas, del sur de Italia, de la Provenza... Efectivamente,
un exceso de ajo es francamente desagradable, salvo, claro está,
en platos como las propias sopas de ajo, o preparaciones al ajillo;
el mismísimo gazpacho cada vez lo utiliza con más
precaución. Y, sin embargo, el ajo, usado con sabiduría,
puede alegrar platos que de otro modo no tendrían picardía,
serían planos, sosos, anodinos. Eso sí, quien come
algo con ajo no está en condiciones de negarlo: se le nota.
Y pocas cosas pueden arruinar tanto una cita romántica como
el tufo del ajo en la boca... salvo que su pareja también
haya comido ajos.
La inquina contra el ajo no es de ahora; el propio Don Quijote increpa
a Sancho llamándole "villano, comedor de ajos".
Los griegos clásicos, sin embargo, lo apreciaban, en contraposición
a los egipcios, amantes de los bulbos de otra liliácea: la
cebolla.
Pero no hay que temer al ajo; sólo
hay que saber usarlo. Lo que pasa es que si yo, ahora, les propongo
una receta de pollo a los cuarenta ajos seguramente dejarán
de leer este comentario: es mucho ajo, pensarán. Es mucho
ajo... pero un ajo casi inocuo, que le va muy bien a algo tan insípido
como los aburridos pollos de granja que hoy comemos mayoritariamente.
Si usan pollo de corral, como de un kilo y medio, mejor, claro.
Lo primero que han de hacer, cuando lo tengan ya listo para ir al
horno, es salpimentarlo por dentro y por fuera y meterle dentro
unas cuantas hierbas: unas ramitas de romero, otras de tomillo,
algo de perejil, un poco de apio y -ya empezamos- cuatro dientes
de ajo sin pelar. Pongan el pollo en una fuente refractaria, más
bien honda, pero en la que no le sobre mucho espacio.
Bajo el pollo habrán puesto más
hierbas de las antes citadas y, a su alrededor... tres docenas de
dientes de ajo, también con su piel. Unten el pollo con aceite,
tápenlo con papel de aluminio y métanlo en el horno,
que tendrán a 200 grados, unos tres cuartos de hora. Cuando
esté hecho, pásenlo a una fuente, desglasen el jugo
de la cocción con un chorrito de vino blanco y sirvan el
pollo con su salsa aparte y escoltado por los ajos. Yo, en cualquier
caso, prefiero acompañarlo con unas rebanaditas de pan de
pueblo, que he secado antes en el horno, untadas con la crema -tal
cual- en la que se habrán convertido los treinta y seis ajos.
Verán que éste es otro aspecto del ajo. Tomen este
pollo con un tinto más bien recio y, eso sí, en buena
compañía: la pareja que come ajos unida... permanece
unida: la prueba del ajo es, no lo duden, definitiva.
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