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Por Caius Apicius
Madrid, 02 jul (EFE)
.- La reciente captura de un calamar de
tamaño extraordinario ha hecho salir a colación, una
vez más, al bueno de Julio Verne y su `Veinte mil leguas
de viaje submarino`, donde aparecen no uno, sino varios cefalópodos
gigantescos... pero no decápodos, como los calamares, sino
octópodos. De ocho patas. Pulpos. Julio Verne, por supuesto,
nos pintó unos pulpos gigantescos, devoradores de hombres...
Pobre pulpo, uno de los animales más pacíficos de
la mar, exquisito `gourmet`, realmente tímido y sólo
peligroso para los mariscos, su presa favorita: tiene más
leyenda negra que Felipe II.
Se ha escrito -véase al obispo noruego
del XVIII Pontoppidan, al que cita Verne en la obra antes señalada-
sobre pulpos capaces de rodear con sus brazos un navío y
echarlo a pique; un erudito como Joseph Cornide, estudioso de la
vida marina, atribuía al pulpo la facultad de apoderarse
de un hombre "trepando por su cuerpo hasta cercarle la garganta,
o procurando sumergirlo en el agua hasta sofocarlo". Y Cornide
vivía en La Coruña... Víctor Hugo, no. Suyas
son las páginas más truculentas sobre el pobre e inofensivo
pulpo; exigencias de los gustos románticos, seguramente.
Dice Hugo que "el tigre no puede más que devoraros;
el pulpo, ¡horror!, os aspira". Y, por si no había
quedado claro, remacha: "más allá de lo terrible,
ser comido vivo, está lo inexpresable: ser bebido vivo".
¿Comería alguna vez pulpo el autor de `Los Miserables`?
Nosotros, desde luego, sí. Pulpos...
y pulpitos. Conviene aclarar que los segundos, tan adorados en Cataluña,
no son ejemplares jóvenes y pequeñitos de los primeros.
No; el pulpo común, el del `pulpo a feira`, es el Octopus
vulgaris, y el `polpet` es el Eledone cirrosa, o pulpo blanco. Es,
en efecto, pálido y pequeñito, y sus patas cuentan
con una sola fila de ventosas, no con las dos del grandullón
galaico. A mí me gusta el pulpo en todas sus manifestaciones.
`A feira`, por supuesto, a condición de que esté bien
hecho, cosa más rara de lo que la sencillez de la receta
podría hacer pensar. En versiones menos conocidas, pero también
de raíz popular, como el romesco de pulpo o el pulpo con
garbanzos. En recetas de `polpets`, como los que me puso hace poco,
con habas, el gran Santi Santamaría.
De otra grande, Carme Ruscalleda, es la
receta que en su magnífico libro sobre esta reina catalana
de la cocina ofrece Jaume Coll: perfecta en su sencillez. Más
o menos, así los hizo Carme: troceó a lo menudo y
sofrió brevísimamente dos cebolletas tiernas, sin
dejarlas tomar ni color. Echó un cuarto de kilo de pulpitos
en otra sartén con un poco de aceite caliente; cuando se
encogieron y cambiaron de color, los retiró y los dejó
reposar un par de minutos, paso -indica- importantísimo.
Vueltos al fuego, les incorporó la cebolleta, los hizo otro
instante, espolvoreó sal y perejil... y al plato. En fin,
esperemos que los `gourmets` catalanes puedan seguir gozando mucho
tiempo de sus pulpitos... aunque nos tememos mucho que el empeño
administrativo de proteger a rajatabla todas las formas posibles
de infancia haya marcado ya hora de extinción a la legalidad
de uno de los mejores manjares del litoral catalán.
En plan legal, con pulpos de los otros,
ya son varios los grandes cocineros que se han atrevido a variar
la copla y buscar nuevos caminos; así lo han hecho figuras
como Fernando Adriá, Pedro Subijana, Pepe Solla o Toñi
Vicente. De Toñi es, en versión libre, la receta que
sigue, de resultados espléndidos. Cuezan algo menos de un
cuarto de hora, en agua con sal y una hoja de laurel, medio kilo
de pulpo. Escúrranlo, pásenlo a una terrina redonda,
pónganle un peso encima y déjenlo en la nevera, en
esas condiciones, toda la noche, antes de cortarlo, a máquina,
en láminas finas.
Pongan en un cacito pequeño un vaso
de aceite virgen; caliéntenlo un poco y añádanle
una cucharada sopera, rasa, de pimentón agridulce. Dejen
reposar hasta que el pimentón se vaya al fondo, viertan el
aceite, perfumado y teñido de rojo, en un cuenco y añádanle
un poquito de aceite crudo. Abran docena y media de almejas -uno
de los manjares favoritos del pulpo, aunque en esta ocasión
no va a ser él quien las deguste- y témplenlas en
su propia agua. Resérvenlas. Corten láminas muy finas
de patata gallega, con su piel, y fríanlas en aceite perfumado
con laurel hasta que estén crujientes. Por fin, pongan dos
o tres láminas de pulpo en cada plato, con unos granos de
sal, un hilo de aceite rojo y una almeja sobre cada una de ellas,
y, al lado, unas láminas crujientes de patata. Bonito y rico.
Bueno: pues ni así le quitaremos al pulpo la mala fama.
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