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Por Caius Apicius
Madrid, 05 jul (EFE)
.- Ni siquiera los regalos de los dioses
se libran de sustos, como ha podido verse estos días con
lo ocurrido con un determinado tipo, el inferior, de aceite de oliva,
el aceite de orujo de oliva; además, pueden haberse suscitado
dudas en consumidores que no dominan la nomenclatura ni las características
de cada tipo de aceite. Empezaremos por el de máxima calidad,
el aceite de oliva virgen extra. Es un zumo natural de aceituna,
obtenido por medios exclusivamente mecánicos. En muchos casos,
es incluso anterior a la primera presión de la oliva, ya
que se recoge el que se desprende al separar la pulpa del hueso.
Ha de ser un aceite cuyo grado de acidez no sea superior al uno
por ciento, y ha de cumplir una serie de exigencias organolépticas
-color, aroma, sabor- para merecer esa calificación.
Si el aceite virgen tiene más de
un grado, deja de ser extra. Hay varias categorías, pero
no hacen al caso, ya que no está permitida la venta para
consumo humano de aceites con más de 1,5 grados de acidez,
así que los dejamos de lado. Viene luego el que podríamos
llamar "padre de todos los líos", es decir, el
aceite de oliva en cuya etiqueta reza simplemente así: "aceite
de oliva". Es, desde luego, el más utilizado, entre
otras cosas por su precio y, también, por esa infundada obsesión
de las amas de casa por ese dato simplemente analítico que
es el grado de acidez, que en estos casos es, casi uniformemente,
de 0,4.
Bien, este aceite es una mezcla, de proporciones
variables, de aceites vírgenes y aceite refinado. Y ¿qué
es eso del aceite refinado? Pues, aunque la palabra refinado sugiera
una mejora, un refinamiento, deben ligarla más bien con el
petróleo, ya que se trata de rectificar -ellos dicen refinar-
un aceite que, tal como se obtiene, no es apto para el consumo humano.
¿En qué consiste esa operación? Pues, fundamentalmente,
en eliminar de ese aceite una serie de componentes y de factores,
entre ellos los organolépticos, utilizando medios físicos,
pero también químicos. Vean que estamos pasando de
un proceso artesano -el del aceite virgen- a otro industrial. Ese
aceite refinado es un líquido sin color, olor ni sabor. Pero,
claro, en el comercio ese aceite de oliva tiene color, olor y sabor.
Que se obtienen mediante la adición
-la operación se llama "encabezado"- de una pequeña
cantidad de aceite virgen, que le presta a la mezcla sus características
organolépticas. Y eso es el aceite de oliva, sin otra mención.
Nos queda el aceite de orujo de oliva. Bueno, orujo se llama a dos
cosas, en ambos casos residuos: al hollejo que queda de la uva una
vez extraído el mosto, y al resto de pasta de oliva que queda
después de extraer por presión el aceite. Con el de
uva se hacen muy buenos aguardientes; con el de oliva, aceites bastante
deficientes, pero que se usan para frituras.
Naturalmente, el aceite obtenido de esa
torta de orujo ha de ser refinado y, una vez más, encabezado
con algo de aceite virgen. Pero mientras éste es el mejor
zumo posible de aceituna, el de orujo es el peor zumo posible. Es,
eso sí, más barato. Nuestro consejo... bueno, parece
que está claro: utilizar siempre, para crudo, para guisar,
para freír, aceite virgen. Miren ustedes: no es lo mismo
exprimir una naranja en casa que comprar una caja de zumo procedente
de concentrado, ¿verdad que no? Bueno, pues, con los aceites...
tres cuartos de lo mismo.
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