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  EL TEMA
   Cuando el orujo se convertía en jamón

Por Caius Apicius Madrid, 09 jul 2001 (EFE)

- A estas alturas es de suponer que no quedará nadie en España que no sepa que el orujo es el residuo sólido de la molturación de la aceituna, del que se obtiene -lo que uno no sabe es para qué- un aceite de inferior calidad.
Pero lo curioso es que, al parecer, hubo tiempos, y no demasiado lejanos, en los que ese orujo de aceituna era una de las materias primas utilizadas para la elaboración de un magnífico jamón ibérico. Como ven, en este caso sí que el tiempo pasado parece claramente mejor.
Yo tengo un gran amigo natural de la localidad jiennense y olivarera de Puente Génave. Hablando con él del lío del aceite de orujo -ambos estamos de acuerdo en que el producto del otro orujo, el de uva, es verdaderamente apreciable, se trate de aguardiente blanca o de hierbas-, me contó unas vivencias de su infancia que me parecieron dignas de ser conocidas.
Por entonces -años 50- cada pequeño productor recogía en la almazara el orujo procedente de la molturación de sus propias aceitunas. Por allí, el orujo se conoce como `jipia`. Eran tiempos en los que no había química en la extracción del aceite, tiempos de las grandes ruedas de piedra en las almazaras para machacar las olivas.
Bien, esa jipia u orujo que volvía a casa del productor podía servir como combustible en la estufa; pero tenía un mejor uso. Mi amigo recuerda que se cocía en grandes calderos, mezclado con otro residuo: la pulpa de caña procedente de las azucareras. A esa mezcla se le unía después moyuelo -salvado- y la masa resultante se les daba como alimento a los cerdos, que por entonces, en aquella zona, eran ibéricos.
A su debido tiempo llegaban por la zona unos ciudadanos extremeños que pesaban cuidadosamente cada cerdo, anotando el resultado antes de meterlos en un camión en el que los guarros partían `de veraneo` para pasar una gloriosa temporada de montanera en las dehesas extremeñas, disfrutando a tope de las más sabrosas bellotas; vamos, el paraíso para un cochino.
Terminado el `veraneo`, los cerdos eran embarcados de nuevo en los camiones y devueltos a sus propietarios, a los que se les cobraba una cantidad directamente proporcional a los kilos ganados durante su estancia en el paraíso bellotero. Mi amigo me asegura que los jamones de aquellos puercos presentaban hermosísimas vetas grasas en su fibra muscular.
Qué diferencia: de jamones ibéricos a aceites inferiores y problemáticos. Pobre orujo de aceituna, qué bajo has caído; aprende de tu primo el orujo de uva, que cada vez nos proporciona mejores aguardientes que, por ahora -toquemos madera-, no parece que vayan a crearnos problemas.
Parece que el causante de todos los problemas de este aceite de orujo de aceituna es la necesidad de eliminar, por secado, el llamado alpechín, residuo líquido de la obtención del aceite y, según dicen, altamente contaminante. Mi amigo también tiene recuerdos del alpechín, que en su tierra llaman `jamila`.
Me cuenta que, por entonces, la tal jamila se vertía directamente de las almazaras al río Guadalimar, que va al Guadalquivir. Me matiza, eso sí, que en esos tiempos no se bebía agua del río. El río, como es lógico, se ennegrecía; pero los barbos y las carpas del Guadalimar estaban bien rollizos y resultaban muy sabrosos. Vaya con los residuos del aceite de oliva, que alimentaban cerdos ibéricos y honrados peces de río...
Igual que ahora, vaya. Uno, la verdad, no acaba de ver clara la necesidad de elaborar aceite de orujo, máxime habiendo excedentes de aceite virgen. Un aceite virgen es, para entendernos, el mejor zumo posible de las aceitunas, en el caso de la zona de mi amigo de la variedad Picual, un punto amarga pero muy resistente al enranciamiento. Un aceite de orujo es, no lo duden, el peor de los zumos de aceituna posible.
Eso sí, es mucho más barato; una vez más, queda demostrado que lo barato puede -y suele- acabar resultando carísimo. En España, por el susto. Fuera de España, porque aunque las autoridades competentes hayan querido tranquilizar al personal, éste, que no tiene por qué ser experto en aceite de oliva ni mucho menos en aceite de orujo, se ha quedado con la copla de que el aceite español tiene problemas.
Pero el mercado exterior seguirá abierto. Por lo menos, podemos seguir teniendo la seguridad de que los italianos seguirán comprando aceite virgen español. No para consumirlo ellos, claro, sino para etiquetarlo, meterlo en una botella `de diseño` y venderlo en todo el mundo como una obra de arte.
Que lo es, pero nuestra. Fíjense si lo será, que con sus residuos se `hacían` jamones...

 
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