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Por Caius Apicius
Madrid, 16 jul 2001 (EFE)
.- El de la Virgen del Carmen es uno de
los días grandes para las gentes del mar; quien haya vivido alguna
vez la procesión marítima en aguas de, por ejemplo, la ría de Arosa,
no olvidará jamás el espectáculo... ni el estruendo de las sirenas
de las embarcaciones que participan en ella. Hace muchos años, el
Carmen marcaba el inicio oficial del verano. Según me cuenta alguien
mayor que yo, en su infancia no le dejaban bañarse hasta que la
Virgen no hubiera bendecido las aguas, cosa que ocurría en la citada
procesión. Pero la Virgen del Carmen marca, para muchos, el inicio
de otra temporada interesante y suculenta: la de la sardina, que
alcanza su mejor momento justamente en el mes que va `de Virgen
a Virgen`, es decir, de la del Carmen a la de Agosto. Estamos, pues,
en plena temporada de la sardina... y hay que aprovecharla.
Las sardinas son uno de los sabores más
emblemáticos del verano. Un pescado vilipendiado hasta hace nada,
aunque siempre apreciadísimo por quienes aman los sabores profundos
del mar, y que inunda de un inconfundible olor el aire del atardecer
en prácticamente toda la costa española. ¿Quién no ha disfrutado,
en verano, de unas sardinas al espeto en la Costa del Sol, de unas
sardinas asadas en la parrilla en Santurce, de unas sardinas con
cachelos en Galicia? Son, todas ellas, técnicas muy satisfactorias
para dar el último adiós a este nunca bien ponderado pescadito,
que sabe más que otra cosa a vacaciones en la playa. En la playa,
o junto al puertecito pesquero de turno, pero no muy lejos; a la
sardina, como nos pasa a muchos naturales de puerto de mar, la lejanía
del agua salada la pone muy triste, la amustia, le hace perder gran
parte de su gracia. El olor que dejan las sardinas en las manos
y en la ropa, que junto al mar queda hasta gracioso, resulta insoportable
y de muy mal gusto en plena meseta central.
Pero estos días anda uno por su tierra
coruñesa y, una vez informado de que este año las sardinas están
buenísimas, decidió comprobarlo personalmente para acabar conviniendo
en que, en efecto, el siglo, en lo que a sardinas respecta, empieza
la mar de bien. Uno ha de reconocer que las sardinas le gustan en
todas sus edades y prácticamente de todas formas, desde las mínimas
-y me temo que poco legales- `parpujitas` de Zahara de los Atunes
hasta las poco más grandes que los gallegos del norte llamamos `parrochas`
y los del sur `xoubas`, palabra al parecer impronunciable para el
público mesetario, que confunde la equis gallega con la ese castellana,
lo que no le impide saborearlas a la primera ocasión. En cuanto
a las sardinas adultas, y aun reconociendo la valía de espetos,
moragas, parrillas e incluso planchas, éstas últimas a condición
de que el tabernero la limpie con regularidad para que no confiera
a las sardinas sabores extraños, ha de reconocer que como más le
gustan es hechas sobre brasas, pero sin `intermediarios`, esto es,
directamente. Usted se hace con una razonable cantidad de sardina
fresquísima, a poder ser con su cuerpo aún esbozando una marcada
curva, y, tras tenerlas el tiempo justo en sal, se decide a proceder.
Estas sardinas no necesitan más manipulación
previa que el salado: van a las brasas con todos los elementos con
los que las dotó la madre Naturaleza, cabeza, tripas, espinas y
escamas incluidas. Logradas unas buenas brasas, usted va depositando
delicadamente sobre ellas las sardinas. Permanece atento a su evolución,
mientras su aparato digestivo segrega toda clase de jugos e incluso
sus tripas -las de usted, no las de la sardina, que no está ya para
músicas- ronronean ansiosas. Cuando juzgue que a una sardina le
toca cambiar de costado en contacto con las brasas, le dará la vuelta
sin necesidad de hacerla esperar por sus compañeras. Esta operación,
como todas las relacionadas con las sardinas asadas, ha de hacerse
a dedo, de modo que conviene preparar, junto a las brasas, un cubo
con agua para mojarse los dedos y no chamuscárselos en el proceso
de volteo.
Una vez que la sardina esté a su gusto
-ni poco ni muy hecha- la retira de las brasas, la coloca sobre
un trozo de pan y, siempre a dedo -el tenedor, tan útil para otras
cosas, no tiene nada que hacer aquí-, procede. Un vino honrado en
la copa... y una experiencia veraniega casi insuperable y, desde
luego, inolvidable al menos hasta que se cambie de ropa, que estará
impregnada del indeleble olor de las sardinas asadas Claro que,
con media docenita de sardinas asadas a bordo... ¿a quién le importa?
Es, al fin y al cabo, el `precio` de las sardinas.
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