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Por Caius Apicius
Madrid, 23 jul 2001 (EFE)
.- El próximo otoño se cumplirá un cuarto
de siglo de la llegada a España de la `nueva cocina`, de la mano
de aquel grupo de cocineros vascos capitaneados por Juan Mari Arzak,
efemérides de la que nos ocuparemos ampliamente en su momento. Pero
además de mirar al pasado, noviembre nos traerá, en un congreso
que se celebrará en La Coruña, una mirada sobre una dieta y una
cocina de las que se ha hablado muy poco, pero que existen y gozan
de buena salud: dieta y cocina atlánticas. Tras el auge y decadencia
-es un decir- de la `nueva cocina`, en estos veinticinco años hemos
visto el triunfo de la dieta y cocina mediterráneas y, últimamente,
asistimos a la expansión de una cocina que llamamos `de fusión`,
con fortísima influencia japonesa, esto es, del Pacífico.
Entonces, ¿por qué no dar protagonismo
al océano que desempeñó un papel fundamental en la dieta y la cocina
de todo el planeta? Por el Atlántico llegaron a Europa, en una `globalización`
apenas contestada, las patatas, los tomates, los pimientos, las
alubias, el maíz, el pavo común, el chocolate... El Viejo Mundo
no fue menos generoso con el Nuevo, y le envió vacas y bueyes, ovejas
y carneros, cerdos domésticos, gallos y gallinas, trigo, vides y
vino, naranjas, limones y plátanos y hasta cosas hoy tan `inequívocamente
americanas` como el azúcar y el café. Pero ¿qué tienen en común
las cocinas de los países que forman el arco atlántico, al menos
el europeo? En el pasado, un carácter de cocinas periféricas que
carecían en gran medida de los elementos básicos de la dieta mediterránea:
panificaban centeno y cebada, más que trigo; cocinaban, más que
con aceite de oliva, con grasas animales, especialmente manteca
de cerdo; bebían, más que vino, cerveza -sin lúpulo- y sidra...
Y, como ahora mismo, comían, como explicó hace días en La Coruña
la doctora Olga Moreiras, mucho pescado, mucho marisco, bastantes
cereales... y pocas verduras.
La hortaliza más común hoy en los hábitos
gastronómicos atlánticos es... la patata, desde Noruega a las Canarias,
pasando por Galicia e Irlanda. Es oportuno hablar, pues, de la cocina
atlántica... además de ser una buena oportunidad para la cocina
española. Porque cuando en el resto del planeta se habla de cocina
mediterránea se piensa, no nos engañemos, en la italiana; la mención
de la cocina de fusión nos lleva inevitablemente a recordar la japonesa;
pero la cocina atlántica... es otra cosa. Porque la mejor cocina
de pescado del mundo, y que nadie vea aquí chovinismo gastronómico,
es la española. De modo que un lanzamiento, o relanzamiento, de
la cocina atlántica, puede servir para que por ahí adelante asocien
la cocina española con algo más que el gazpacho o la paella, cosas
sin duda muy satisfactorias, pero no únicas. El timbre de gloria
de la cocina española es la cocina del pescado.
Los japoneses, sí, comen mucho pescado,
pero cocinarlo, lo que se dice cocinarlo, lo cocinan muy poquito,
o nada. Pero, entre nosotros, con pescado y patatas se hacen maravillas,
como bien saben los canarios y los gallegos. Valga como ejemplo
ilustrativo el más tradicional de los guisos de pescado gallegos,
de indudable origen marinero: la caldeirada, que, tradicionalmente,
ha de hacerse con más de un pescado. La que les proponemos hoy parte
de dos pescados blancos de prestigio: el rape y la merluza, pero
pueden usar otros: raya, congrio... Háganse con cuatro rodajas de
cada uno de ellos y sálenlas. Pelen cuatro patatas hermosas y córtenlas
en rodajas, pero a lo largo. Corten una cebolla en aros gruesos,
y desgranen guisantes hasta obtener unos doscientos gramos. Pongan
en una cazuela agua con sal y una hojita de laurel, y echen ahí
las patatas, la cebolla y los guisantes. Hagan cocer todo algo menos
-poco menos- de un cuarto de hora y añadan el rape; un par de minutos
después, la merluza; el tiempo dependerá del grosor de las rodajas
de pescado. Dejen cocer todo cinco o seis minutos más, escúrranlo
y pásenlo a una fuente.
Debe servirse con ajada. Pelen y laminen
cuatro dientes de ajo. Pongan un cuarto de litro de aceite en una
sartén pequeña y honda, y doren ahí los ajos. Logrado esto, separen
la sartén del fuego y, cuando los ajos dejen de `cantar` y se suman
en un hondo silencio -cuando el aceite esté templado- añadan una
cucharada de pimentón agridulce. Déjenlo reposar hasta que se vaya
al fondo, y rieguen con ese aceite, perfumado, coloreado y sin elementos
sólidos, los pescados y las patatas. Un plato muy atlántico, con
elementos europeos -cebolla y guisantes-, mediterráneos -aceite
y ajo- y americanos -patatas y pimentón-. De fusión, vamos; pero
de sana, sabia, lenta y buena fusión.
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