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Por Caius Apicius
Madrid, 26 jul (EFE)
.- No es demasiado habitual, ya que todo
el mundo se queja de lo mal que saben, en general, los medicamentos;
pero uno de los más utilizados contra determinados tipos
de fiebre, la quinina, se ha convertido en ingrediente de uno de
los combinados más consumidos del mundo: el gin & tonic.
Cuentan que los ingleses, en la India, se aficionaron al agua tónica,
que contiene quinina, como un agradable modo de combatir las fiebres.
Del subcontinente indio, la afición al agua tónica
llegó, como el curry o la salsa Lea & Perrins, a la metrópoli,
donde, la verdad, se daban pocos casos de paludismo.
Para un paladar británico, el agua
tónica, a secas, no tenía demasiados atractivos, de
modo que rápidamente se pensó en darle vivacidad,
cuerpo, mediante la adición de una moderada dosis de alcohol.
Y qué mejor alcohol que el inglés por excelencia,
el gin, lo que en español llamamos ginebra, un aguardiente
aromatizado con bayas de enebro. O sea: que los ingleses inventaron
el gin & tonic... y lo han exportado con notable éxito.
Seguramente es el combinado más extendido, más incluso
que el cuba libre, mezcla de ron y cola que parece haber nacido
cuando la guerra hispano-norteamericana de 1898.
La verdad es que un gin & tonic, preparado según arte,
es una cosa muy rica, refrescante y, según sus partidarios,
digestiva. El problema es hacerlo bien, y no limitarse a echar en
un vaso largo, esos horribles vasos largos que dejan marca en la
nariz, un poco de ginebra, hielo y agua tónica.
No. Un gin & tonic tiene su liturgia,
sus reglas, su magia. Veamos. En primer lugar, usaremos una copa
ancha, con tallo grueso. Pondremos dentro una razonable, tirando
a alta, cantidad de hielo, pero de buen hielo. Echaremos ginebra,
al gusto, pero sin pasarnos, porque un buen gin & tonic debe
saber a eso, a gin & tonic, no sólo a ginebra. Una buena
ginebra inglesa, seca, lo que llamamos `dry gin`. Antes de añadir
el agua tónica, a mí me gusta exprimir medio limón
sobre el hielo y la ginebra, y mezclar bien. Pongo luego el agua
tónica y, como toque final, pero imprescindible, froto el
borde de la copa con un trozo de piel de limón, que luego
retuerzo sobre el combinado para añadirle unas gotas de aceites
esenciales de limón y dejo caer en la copa. Ese es mi gin
& tonic.
Pero un gin & tonic puede también...
comerse. El gran cocinero español Pedro Subijana (dos estrellas
Michelin) ofrece en su carta de postres un `gin & tonic helado`
que goza de mucha popularidad entre sus clientes. Pedro remoja cinco
hojas de gelatina y las disuelve, al fuego, en medio botellín
de agua tónica. Pasa la solución a un bol y va añadiendo,
poco a poco, la otra mitad del agua tónica y medio decilitro
de ginebra, cuidando de que no se formen burbujas; por último,
deja cuajar esa gelatina en el frigorífico. La sirve con
una salsa hecha con piel de limón en juliana, cocida con
agua y azúcar hasta lograr un jarabe espeso, al que añade
zumo de limón y aromatiza con unas bayas de enebro picadas.
Al lado, un poco de sorbete de limón. La sensación
refrescante es extraordinaria, y el postre sabe, de verdad, a gin
& tonic bien alimonado: delicioso.
Después del gin & tonic sólido, uno se bebería,
con calma, otro líquido, en la sobremesa. No se me ocurre
una forma más agradable de tomar una medicina... ni de tragar
quina.
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