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Por Caius Apicius
Cambados (Pontevedra), 6 ago (EFE)
.- Un año más hemos festejado
al Albariño, que es el vino más occidental de Europa,
el vino del mar, el vino del fin del mundo... y un vino adecuadísimo
para el verano, como ocurre en general con todos los vinos blancos,
con o sin burbujas.
Los Albariños del 2000 parecen gozar de bastante buena salud,
aunque esta cosecha ha tardado en dar la cara; esto nos lleva a
negar, una vez más, que el Albariño sea un vino que
hay que beber rápidamente, casi con urgencia, en el plazo
de un año. Eso es lo que se ha dicho siempre... pero nada
más inexacto.
Es posible que eso valiera para los Albariños
que yo ya llamo `antediluvianos`, pero en ningún caso es
aplicable a los Albariños bien elaborados de ahora mismo.
Un buen Albariño sabe evolucionar, crecer, con el paso del
tiempo; va puliendo ímpetus infantiles y se convierte en
un vino muy serio. Hombre, tampoco es que sea un vino `de guarda`;
pero no hay que correr tanto para beberlo. Las prisas, en esto del
vino, no son nada buenas. Uno jamás ha acabado de entender
el jolgorio que se montan los franceses con el `Beaujolais nouveau`,
un vino lactante, recién nacido y, en general, bastante decepcionante.
Tampoco -aunque reconoce que esto es personal- ha sido nunca partidario
de los tintos jovencitos. Ni siquiera de los Albariños embotellados
en el otoño de su vendimia.
Por estas tierras pontevedresas hay dos
tendencias en la fecha de embotellado del Albariño: quienes
lo embotellan apenas hecho, en un afán de salir cuanto antes
al mercado, justificable si se quiere en años siguientes
a uno muy escaso, y quienes saben esperar. Los Albariños
embotellados tras una prudente espera, allá por la primavera,
salen mejores, o al menos a mí me lo parece así. Pero
estos Albariños bien hechos de ahora alcanzan su cumbre en
su segundo año. Han perdido, quizá, algunos aromas
jóvenes, muy especialmente los apuntes herbáceos que
afloran en un Albariño muy joven; pero lo compensan con una
elegancia que da el paso del tiempo, una complejidad que no se improvisa.
Se convierten en grandes vinos... cuando dejan atrás la infancia
e incluso la adolescencia.
Estos Albariños del 2000 empiezan
a explicarse ahora, pero todavía se guardan cosas dentro;
habrá que saber esperar. Pero no es fácil, ni siquiera
en el mundo del vino, desterrar los tópicos, entre ellos
éste de que los blancos `jóvenes` -yo prefiero llamarles
`sin crianza`- hay que beberlos deprisa. Hay un ejemplo esclarecedor.
La presidenta del Consejo Regulador de la Denominación de
Origen Rías Baixas, Marisol Bueno, lanzó al mercado,
hace un par de años, un vino que había estado en depósito
de acero casi tres años. Fue toda una revelación:
ese vino era magnífico, y fue aclamado como el mejor blanco
español sin madera de la historia.
No tenía, claro está, las
características juveniles de los Albariños al uso;
pero su evolución había sido gloriosa. Los aromas
florales habían dado paso a notas de fruta distintas a las
clásicas de uva madura y manzana verde; en la nariz se detectaban
incluso elegantísimos apuntes mielados... Se parecía,
de verdad, a un buen Pouilly-fumé, que es uno de los mejores
vinos blancos del mundo después, claro, de los ilustrísimos
Chardonnay de la Borgoña. Alguien dijo, y yo se lo creo,
que el mejor vino blanco es... el que más dura. Esos blancos
borgoñones, los Montrachet, los Meursault, duran años;
hace poco, en una ocasión memorable, probamos el escasísimo
Montrachet de la Romanée Conti, del 96. Era sublime, inolvidable,
un vino para recordar -y desear- toda la vida.
No voy a comparar los Albariños
pontevedreses con los Chardonnay borgoñones; comparar entidades
diferentes, como ocurre con quienes se dedican a comparar cava con
champaña, es absurdo; cabe el `a mí me gusta más...`,
pero sin pontificar. Un Albariño es una cosa, y un Chardonnay,
otra; ambas, eso sí, son buenísimas. En fin, que es
verano, aunque en algunas partes sea más verano que en otras,
y que apetece, a la hora del aperitivo, una copa de blanco, fresquito,
que no helado: eso queda bien con las burbujas, pero no con los
vinos `tranquilos`. Un exceso de frío anula casi todos los
aromas. Sírvanlos a ocho grados, para que en muy poco tiempo
se pongan a diez. Sirvan poco cada vez, para que no se caliente
demasiado.
Y disfruten del Albariño, o de cualquier
otro buen blanco, que hay muchos por ahí adelante. Así,
cuando alguien les diga esa solemne majadería de que "el
mejor vino blanco es un tinto", podrán, más que
tratar de rebatirle su opinión, mirarle con conmiseración...
mientras paladean, ustedes que sí que saben, un grandísimo
vino blanco.
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