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Por Caius Apicius
Madrid, 9 ago (EFE)
.- Que el vino es la más cristiana
de las bebidas fermentadas es algo que no se le oculta a nadie;
el propio Jesucristo, por citar el texto canónico, "la
noche en que iba a ser entregado", eligió el vino como
substancia que en el futuro simbolizaría su propia sangre.
Casi dos mil años después, el vino es imprescindible
para la Misa, ya que no se puede consagrar otra cosa. Esa relación
entre el cristianismo y el vino -en 1492 aún no había
surgido la Reforma luterana- hizo que el vino fuese una de las primeras
cosas que los buques castellanos, en los que iban bastantes sacerdotes,
transportaron al Nuevo Mundo.
Durante la Edad Media europea, los monasterios
fueron los conservadores de la ciencia de la vinicultura; los monjes
extendieron el viñedo por toda Europa, muy especialmente
por España, a medida que los cristianos iban ganando terreno
a los musulmanes, cuya religión les prohíbe -habría
mucho que hablar del precepto coránico y sus interpretaciones-
el consumo de vino. Pero es que hay vinos íntimamente ligados
a la historia del Papado. Naturalmente, el Chateauneuf-du-Pape,
una de las glorias del Ródano (Francia), cuya historia es
muy interesante.
A principios del siglo XIV fue elegido
Papa el arzobispo de Burdeos, Bertrand de Goth; él llevó
la sede pontificia de Roma a Aviñón (Francia), en
1309, dando inicio al período de la historia pontificia que
se suele conocer como "cautividad babilónica".
Este príncipe de la Iglesia era propietario de unos buenos
viñedos en su archidiócesis bordelesa, viñedos
que aún hoy llevan el nombre de Chateau Pape Clément,
donde se elabora un magnífico "cru classé",
en la comuna de Pessac. Bien, pues una vez en Avignon, Clemente
V -de ahí viene el nombre de ese pago desde entonces- inició
la construcción de una residencia veraniega, el equivalente
al Castelgandolfo actual; un castillo nuevo, en francés "Chateau
neuf". No lo vio terminado él, sino Clemente VI. Otro
Papa aviñonense, Juan XXII, al que recordarán y no
para bien los lectores de "El nombre de la rosa", de Umberto
Eco, fue quien impulsó el cultivo de la vid y la elaboración
de vino justamente en el... Chateauneuf-du-Pape.
Los vinos del Ródano y de la Provenza
gozaban ya entonces de justo prestigio. Cuando Urbano V se extrañó,
en una carta al poeta Petrarca, que vivió en Aviñón
y allí conoció a su cantada "madonna Laura",
de que los cardenales no quisieran volver a Roma, el vate aretino
le explicó que "los príncipes de la Iglesia estiman
el vino de Provenza, y saben que los vinos de Francia son más
raros en el Vaticano que el agua bendita". Los vinos del Chateauneuf-du-Pape
son, ciertamente, muy apreciables, como, en general, los vinos del
Ródano; lo que pasa es que los del castillo papal se elaboran
con trece variedades distintas de uva, mientras que el resto de
los vinos del Ródano, incluidos los prestigiosísimos
Hermitage y Cote-Rotie, están hechos a partir de la variedad
Syrah, probablemente de origen persa, con un poco de la variedad
blanca Viognier. Son vinos cálidos, redondos, expresivos.
Vinos que, a quien sepa escucharlos, cuentan
bellas historias como la anterior. Cuando beban un Chateauneuf-du-Pape
dediquen un minuto a esos papas cismáticos, a Petrarca, al
"trecento" de este gran poeta, pero también de
Dante y Bocaccio, y, si quieren, hasta a Guillermo de Baskerville
y Adso de Melk, protagonistas de la citada obra de Umberto Eco.
No lo olviden: cuanto más se sabe de una cosa, más
gusta. Y eso incluye, naturalmente, al vino.
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