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Por Caius Apicius
Madrid, 23 ago (EFE)
.- Un escritor francés del XIX llamó
al rodaballo "faisán del mar", en un intento de
reflejar la categoría gastronómica de este gran pez
plano. Poco podía imaginar ese autor que, además de
poeta, estaba ejerciendo de profeta.
Hace ya mucho tiempo que, al menos en Europa occidental, apenas
existe el faisán en libertad. Sigue habiendo cacerías
de faisanes; pero las aves allí cobradas proceden de granjas,
en las que se cría este bellísimo pájaro que,
según la mitología, introdujo en Grecia nada menos
que Jasón, al regreso de su expedición con los Argonautas
a la Cólquida (Asia Menor) en busca del Vellocino de Oro.
El faisán criado en cautividad no alcanza el prestigio de
su antecesor silvestre. Antes, un faisán era el lujo de una
gran mesa; hoy, se vende como una gallinácea más en
la época de mayor demanda, que es la Navidad. Su régimen
de vida y su alimentación influyen, naturalmente, en la calidad
de sus carnes: no es lo mismo.
Bien, pues hoy al rodaballo, el mítico `turbot` de los franceses,
le ocurre tres cuartos de lo mismo: se cría en granjas marinas,
en grandes piscinas, y se le da pienso como alimentación.
Un buen pienso, seguramente; pero tampoco es lo mismo.
El rodaballo es un pez, ya dijimos, plano, que mira `a derechas`
y que pasa la mayor parte de su vida adulta semioculto en el fondo
marino, a la espera de sus presas. Es bastante vago, poco partidario
de pasear demasiado. En esas condiciones alcanza pesos espectaculares:
quien esto escribe disfrutó hace poco de una espléndida
ración cortada de un animal de catorce kilos de peso.
Los rodaballos de granja jamás alcanzan esos tamaños.
Apenas llegan a los dos kilogramos. Viven hacinados, por centenares
o millares, en diversas piscinas, todos del mismo tamaño,
o sea, de la misma edad. Tardan un par de años en alcanzar
esa talla, que logran antes de llegar a su madurez sexual. No es
rentable alimentarlos más tiempo, así que se comercializan
con esas medidas, un poco por debajo de los dos kilos. Y, claro,
no es lo mismo.
Un ejemplar adulto de rodaballo, sin llegar a la talla gigante del
antes mencionado, pero que ande por los tres kilitos, es una maravilla
simplemente hecho al horno. Su carne ha desarrollado ya una grasa
deliciosa, aunque se trate de un pescado `blanco`, esto es, de bajo
contenido en grasa.
Si les ofrecen un rodaballo `al corte`, exijan que se lo lleven
a la mesa con su piel y su espina; bajo la piel se almacena una
especie de gelatina de sabor delicioso, y entre las espinas laterales
hay unas bolitas de carne blanquísima, sabrosísima.
Uno siempre ha dicho que, en general, servir un pescado con espinas
es una grosería; no lo apliquen a los pescados planos -rodaballo,
lenguado...-, porque bajo la piel y junto a la espina guardan sabores
excelsos; además, los peces planos son muy fáciles
de limpiar.
Al horno, a la parrilla, simplemente cocido... un rodaballo es -tal
vez pronto tengamos que decir `era`, como el faisán- un lujo
para una mesa. Los jóvenes ejemplares de granja no lo son
tanto. Y conste que sabemos que, dada la sobrepesca ejercida tanto
tiempo en tantos mares, la acuicultura es el futuro, si queremos
seguir comiendo pescado.
Pero, seguramente, el escritor francés que le llamó
"faisán del mar" no pudo prever que el futuro iba
a ser tan poco atractivo. Esperemos que la preocupación por
la alimentación no deje en el camino un cadáver: el
de la gastronomía, el placer de comer.
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