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Por Caius Apicius
Madrid, 30 ago (EFE)
.- Su aspecto, desde luego, recuerda más
al de unos caballeros medievales revestidos de su armadura que a
cualquier otra cosa. Por eso les hemos llamado `la división
acorazada`: son los grandes mariscos, de caparazón duro,
entre los que están algunos de los más apreciados
por el hombre en todo tiempo y lugar.
Al parecer, la palabra `marisco` aparece escrita por primera vez
en un texto del año 1300 y deriva de la expresión
latina `mare-maris`, que equivale a `mar de mar`. Todos estos acorazados
son crustáceos, nombre que, a su vez, viene del latín
`crustra`, que significa corteza o caparazón.
Son, naturalmente, decápodos, esto es, tienen diez patas,
aunque el primer par, generalmente, se ha transformado en pinzas
más o menos amenazadoras. Tal vez el peso de su coraza ha
hecho que todos ellos figuren en la categoría de crustáceos
marchadores, o reptantes, ya que se mueven sobre el fondo; los de
cáscara blanca, como el camarón o la gamba, son nadadores.
Hablamos de cosas como el bogavante (`lobster` u `homard` en inglés
y francés, respectivamente), la langosta (`spiny lobster`
y `langouste rouge`), el centollo o araña de mar (`spider
crab` y `araignée de mer), la cigala (`Norway lobster` y
`langoustine)... Cosas muy ricas, desde luego, pero cosas muy bien
protegidas.
Una vez que pasan del estado larvario al adulto, van cambiando periódicamente
de coraza: se les queda pequeña. Estos cambios de chaqueta
les dejan temporalmente indefensos, por lo que se ocultan cuidadosamente
hasta que el caparazón se ha endurecido y les hace poco menos
que invulnerables.
Y tan invulnerables, como saben quienes los cocinan o los consumen;
romper esa cáscara suele dar bastante trabajo. Eso sí,
vale la pena: dentro hay premio. Y aunque algún escritor,
como el catalán Josep Pla, los menospreciaba, al decir que
la razón del éxito de estos mariscos es que son fáciles
de comer porque, a diferencia del pescado, no tienen espinas, la
verdad es que encierran los mejores sabores del mar.
Por esa razón somos partidarios de cocinarlos del modo más
sencillo posible, que respete al máximo el sabor propio de
cada uno de ellos. Lamentablemente para ellos, lo mejor es cocinarlos
vivos, algo desagradable para espíritus medianamente sensibles,
pero... qué le vamos a hacer.
El bogavante y la langosta han dado origen a una amplia teoría
de platos complicados, cuando no complicadísimos, en la alta
cocina francesa; así, el bogavante `a la americana`, la langosta
`thermidor` o `cardinal`...
Humildemente, pensamos que es hacerles de menos; pero comprendemos
que, en la época -siglo XIX- en la que nacieron esos platos,
los mariscos no estaban en las mismas condiciones en las que nos
llegan ahora. El transporte era lento, las cámaras frigoríficas
brillaban por su ausencia... Un marisco muerto no sabe como otro
vivo, de modo que algo había que hacer con ellos.
Pero ninguna de esas recetas gana en sabor, en expresión
marina, a las más sencillas. Fundamentalmente son dos vías:
a la plancha o cocidos en agua salada.
Cada cual elegirá la suya; yo, desde luego, prefiero la limpieza
de una cocción correcta, más corta que larga; la plancha,
para mí, engrasa demasiado estas carnes blancas y finas.
Pero entiendo que haya gente a la que le hace gracia precisamente
ese toque graso; después de todo, la grasa es un fijador
del sabor.
¿Qué es lo que no les falta a estos blindados de los
fondos marinos, de extraños aspectos, de bellas corazas articuladas?
Son, sin la menor duda, los `grandes` del mar, los aristócratas
de la corte de Poseidón: disfrútenlos.
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