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Por Caius Apicius
Madrid, 10 sep 2001 (EFE)
Mientras los franceses consideran al queso
un complemento indispensable de una buena comida, la mayor parte
de los españoles lo ven como un postre o, si acaso, como
un socorrido aperitivo que tomar con un vaso de vino.
Hace unos cuantos años pareció que la tendencia cambiaba;
fue cuando proliferaron las llamadas `fromageries` -ni siquiera
lo decíamos en castellano- que ofrecían mejores o
peores tablas de quesos. Tuvieron su momento, pero la mayoría
de ellas acabaron cerrando.
Y, sin embargo, éste es un país quesero, desde el
punto de vista de la variedad y calidad de sus quesos. Pero el consumidor
medio no tiene demasiada curiosidad, y suele ser adicto a los productos
de su terruño o, como mucho, a algún queso de oveja,
generalmente muy curado, de los que `tiran del vino`.
Pocos de estos consumidores piden queso después de la comida
en el restaurante. La verdad es que el trato que se le da al queso
en la mayor parte de esos establecimientos deja mucho que desear.
Lo que suele hacerse con alguna frecuencia es pedir `un poco de
queso para terminar el vino`. Un vino que, la inmensa mayoría
de las veces, es un tinto, casi siempre un Rioja, que no tiene por
qué ir bien con cualquier queso, y menos con uno fuerte de
oveja, a pesar de que, como saben, un queso medianamente decente
hace bueno a cualquier vino. Pero en el caso comentado el queso
no suele ser gran cosa, y el vino, muchas veces, sí que lo
es... y no lo complementa: se lo come.
Afortunadamente, ya va habiendo restaurantes que ofrecen un buen
surtido de quesos antes del postre propiamente dicho; incluso figura
la tabla de quesos en el menú degustación, generalmente
dando opción al comensal a elegir varios entre una gama más
o menos amplia.
El pasado fin de semana, en Cataluña, vimos con alegría
que en el menú degustación de los dos restaurantes
que visitamos entraba un plato de quesos. La idea es magnífica,
porque en ese tipo de menús, que me encantan porque prefiero
probar muchos poquitos que pocos muchos, el queso ocupa su lugar
lógico y apetece.
Las ofertas, por otra parte, no eran nada trilladas; se nos ofrecieron
quesos muy interesantes, no demasiado conocidos fuera de su ámbito
de producción ni por los que no son verdaderamente expertos
en el tema.
Una de ellas nos cautivó. Habrá que decir que estábamos
en un restaurante realmente cautivador, el que tiene esa hada de
la cocina que es Carme Ruscalleda en Sant Pol de Mar. Una dama con
una sensibilidad extraordinaria, que lleva a todas sus creaciones,
en las que cada elemento tiene su función y de las que no
suele quedar absolutamente nada en el plato.
Bien, pues después de un menú magnífico -otro
día les hablaré del plato que más me encantó,
un `mosaico` de cerdo en el que entraban manos, careta, morro, lengua
y butifarras blanca y negra, con una salsita picante y guarnición
de arroz salvaje y frutos secos- se nos ofreció un `maridaje`
de quesos. Qué gran idea, y qué forma tan deliciosa
de comer queso.
Eran cinco variedades, nada usuales, cada una de las cuales llevaba
un acompañamiento propio, perfectamente planteado. La combinación
queso-guarnición era, en todos los casos, espléndida,
una auténtica delicia.
Un Baridá, de cabra, del Alt Urgell, venía con uvas
partidas, moras, pétalos de begonia -Carme usa las flores
con frecuencia en sus platos- y lechuga en juliana. Luego, un queso
de oveja del valle de Alcudia, acompañado de una tostadita
cubierta de manteca de cerdo ibérico. Junto a él,
otro de cabra, de Aracena, con una escolta genial: trozos de nectarina
cubiertos por un cordón de reducción de un vino dulce
-`Rica Hembra`- con orejón.
Y más. Un potente queso de oveja de la Toscana, un queso
Di Fossa -termina su maduración en cuevas sulfurosas, de
ahí el nombre-, con unos sencillos `kikos` de maíz
frito y una crema dulce de aceite de oliva y trigo; fastuoso. Por
último, uno asturiano, un Gamonedo, al que coronaba una cuchara
china con trozos de pomelo y miel líquida. Inolvidable.
Algún purista se escandalizará, arguyendo que el queso
no tiene más compañía que un buen pan y algo
de vino; allá él. A mí, desde luego, Carme
Ruscalleda me ha abierto un camino por el que se puede llegar a
sensaciones muy placenteras.
Es un camino abierto a la propia creatividad, que ofrece una casi
inagotable gama de deliciosas combinaciones. Hay que buscarlas,
tarea ya de por sí grata, para dar con las más acertadas
o, por lo menos, con las que a uno más le satisfagan. Buscarle
`novias` al queso es, no lo duden, una tarea de lo más agradable.
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