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Por Caius Apicius
Madrid, 24 sep (EFE)
.- Desde California a Israel, pasando por
Europa, el hemisferio Norte está de vendimia: viene el primer
vino del nuevo siglo, aunque en realidad ya hemos probado vinos
chilenos, sudafricanos, australianos y neozelandeses del 2001, los
vinos del Sur.
La vendimia sigue siendo una fiesta en todas partes; pero ya hace
tiempo que ha perdido ese carácter un tanto misterioso, esa
inquietud por saber cómo será el nuevo vino. Hoy,
cuando se cosecha la uva ya se sabe casi todo: el vino, como se
dice en la misa, sigue siendo el fruto de la tierra y del trabajo
del hombre, pero cada vez es más decisivo este segundo factor.
La mayor parte de los vinos actuales son fruto de la técnica.
No cabe duda de que la meteorología influye lo suyo, pero
los vinos son de año en año más `de autor`.
De enólogo. Cada vez más, el vino empieza a hacerse
en la viña; y cada vez hay menos margen para la sorpresa.
Hoy bebemos menos vino, pero mejor que nunca. El principal problema
es que en la mayor parte de los países vinícolas se
elabora a partir de las mismas variedades, todas ellas francesas:
las bordelesas tintas Cabernet Sauvignon y Merlot y la borgoñona
blanca Chardonnay. Son, nadie puede negarlo, uvas magníficas,
que hacen unos vinos extraordinarios: piensen en los grandes tintos
del Médoc, de Pauillac, de Pomerol, o en los fabulosos blancos
de la Borgoña, con los nobilísimos Montrachet a la
cabeza.
Añadan a esas variedades otra blanca, la Sauvignon Blanc
de los vinos del Loira, y otra tinta, la Syrah de los del Ródano,
y tendrán casi agotado el catálogo, porque otra gran
variedad, la Pinot Noir de los mejores Borgoñas, no da los
mismos resultados lejos de su tierra.
Estas variedades han invadido también los países productores
tradicionales, como España e Italia; pero, al menos, en ellos
se siguen elaborando magníficos vinos con variedades propias:
la Nebbiolo italiana, la Touriga Nacional portuguesa, la Riesling
alemana, la Tempranillo española...
Pero esas variedades no han triunfado, al menos hasta ahora, en
los países llamados "emergentes" -¿no es
un contrasentido dar ese nombre a países que, como Chile,
llevan haciendo vino desde el siglo XVI?-, que han abandonado las
variedades llevadas por los pioneros para dedicarse a las antes
citadas, que, insistimos, dan magníficos vinos... pero vinos
que se parecen mucho entre sí.
Por lo que respecta a los más internacionales de los vinos
españoles, la vendimia se presenta con muy buenas perspectivas.
Los blancos gallegos de la variedad Albariño anuncian una
cosecha record en cantidad, pero al mismo tiempo de excelente calidad.
En la Ribera del Duero, tierra de magníficos tintos de Tempranillo,
allí llamada Tinto fino o Tinta del país, se espera
una cosecha más bien corta, de un 30 a un 40 por ciento inferior
a la de 2000, pero de gran calidad. Y en La Rioja todo anuncia un
cosechón, siempre hablando de cantidad de uva, del que se
estima que dará una añada, si no excelente, sí
al menos `muy buena`.
En fin, que estamos de fiesta: festejamos al vino que será,
siempre envuelto en poesía, cargado de leyendas y hasta de
mitología; el "zumo del otoño", como le
llamó el cantante francés Georges Brassens. El vino,
en el que se cumple la ley física de que nada se crea ni
se destruye, sino que simplemente se transforma: las uvas, en efecto,
se transforman en vino... y eso salimos ganando todos, uvas incluidas.
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