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Por Caius Apicius
Madrid, 4 oct (EFE)
.- Las costumbres gastronómicas
de los diversos pueblos del planeta llevan, muchas veces, a la curiosa
situación de que lo que en determinado país se considera
un manjar exquisito pueda resultar, de entrada, repugnante para
un ciudadano de otras latitudes.
A un europeo normal, por ejemplo, le costará muchísimo
trabajo comerse, en México, unos chapulines fritos, o unos
huevos de hormiga, o, en Colombia, saborear una buena fritura de
hormigas colonas. El europeo hace mucho tiempo que no come insectos,
y le resulta claramente desagradable la idea de hacerlo; me apresuro
a decir que no es, para nada, mi caso.
Pero reconozco que a veces es difícil compartir el entusiasmo
de quien le ofrece a uno un producto típico de su tierra,
cuando ese producto no se considera comestible en el país
de origen del presunto homenajeado. Lo que pasa es que... todo es
relativo.
Supongamos que alguno de ustedes viaja por primera vez a Galicia.
Mis paisanos desearán, sin duda, homenajearlo gastronómicamente.
Y es muy probable que lo primero que le pongan delante sea una especie
de piña de unos objetos francamente repulsivos visualmente;
unos tubos negruzcos, como de cuero viejo, en cuya extremidad hay
unas uñas calcáreas, blanquecinas, ribeteadas en rojo
o en negro...
Usted, claro, se pregunta en seguida si "aquello" es realmente
no ya una exquisitez, sino simplemente comestible. El escritor estadounidense
James A. Michener contó en su libro "Iberia" la
impresión que le produjo tal manjar cuando se lo sirvieron
en Pontevedra: lamentable. Pero sólo antes de decidirse a
probarlo.
Se trata de un crustáceo muy raro, un cirrípedo, llamado
percebe o, si prefieren el nombre científico, Pollicipes
cornucopia, en clara referencia a su aspecto, pues parecen, por
un lado, dedos pulgares -de ahí pollicipes- y, por otro,
pequeños cuernos de la abundancia, de donde lo de cornucopia.
Son feos, no se puede negar. Poco atractivos, nada apetitosos. Pero
una vez abiertos, con cierta habilidad, pues contienen un jugo rojizo
que suele dejar rastros indelebles en las camisas, lo que hay que
evitar cuidadosamente, son, efectivamente, un manjar exquisito.
Contienen una carne rojiza, con todo el sabor del mar. En Galicia
-y, por extensión, en toda España- son apreciadísimos,
y se cotizan muy caros.
La verdad es que su pesca es peligrosa, ya que viven fijos a las
rocas, y las prefieren muy batidas por el mar. Hay que arrancarlos
de la roca con una especie de rasqueta, y estar atentos para evitar
la batida de las olas; no han sido pocos los `percebeiros` muertos
por el mar en el ejercicio de su profesión.
Deliciosos, pero poco agraciados en el aspecto; tanto, que por aquí
se suele hablar del hambre que tenía que tener el primero
que se comió un percebe. Y, digo yo, el primero que se comió
un erizo de mar, que eso sí que no parece comestible desde
ningún punto de vista, pero que también es una exquisitez
cotizada...
Los ingleses llaman a los percebes "barnacle", pero, que
yo sepa, no se los comen. Eso sí, tienen una bella leyenda,
según la cual, de las uñas de los percebes nacerían
unos gansos, los gansos grises, que en las mañanas de niebla
del litoral lo sobrevuelan en su viaje migratorio, haciéndose,
ya que no visibles, bien audibles por sus graznidos... "Barnacle
goose", llaman a esos gansos.
Nunca he visto gansos en los percebes, pero me gustan igual. En
esto de la comida es válido el consejo de un personaje de
"Farenheit 451", de Ray Bradbury: "nunca juzguen
un libro por su portada".
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