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Por Caius Apicius
Madrid, 11 oct 2001(EFE)
- Por muchas vueltas que se le dé,
el vínculo común a la práctica totalidad de
los países hispánicos es, junto al idioma español,
el puchero, llámese como se llame en cada lugar y admitiendo
todas las peculiaridades y diferencias que se quieran, que también
las tiene el español de uno a otro país.
Puchero, olla, cocido, sancocho, ajiaco... y más, todo viene
siendo lo mismo. Una herencia de la olla española de los
siglos XV y XVI, naturalmente adaptada a los productos disponibles
y, algo muy importante, al clima de cada región. Una comida
completa, que parte de la fácil idea de cocer juntas carnes,
verduras y legumbres y obtener un plato de sopa, otro de vegetales
y otro más de carne. La idea es tan vieja, si no como la
humanidad, sí como la alfarería.
En efecto, ya sabemos que lo primero fue lo crudo; después,
cuando el hombre se hizo con el fuego, vino lo asado; y sólo
cuando se inició en la alfarería, en la cerámica,
es decir, cuando dejó el nomadismo y accedió a una
civilización superior, llegó lo cocido, porque cocer
algo presupone tener un recipiente donde hacerlo.
¿Dónde nació el puchero? Ni se sabe. Ni siquiera
en España hay acuerdo sobre el origen de la olla, del cocido.
Una teoría bastante aceptada la hace derivar de un condumio
judío, la adafina, que se empezaba a preparar la tarde del
viernes y tenía la amabilidad de hacerse sola durante la
noche para ser comida el sábado, día en el que no
se podía cocinar.
Naturalmente, a la adafina le faltaban un montón de cosas
que hoy entran en los cocidos españoles. Los productos del
cerdo, por supuesto, vetados por el Levítico. Se supone que
el cerdo acabó en la olla por el afán de demostrar
que uno era cristiano más o menos viejo, no judío
ni musulmán, que no pueden comerlo. Quizá fuera cosa
de conversos -llamados `marranos`- para evitar problemas con el
Santo Oficio...
Los españoles llevaron, como no podía ser de otro
modo, su olla al Nuevo Mundo; y allí la enriquecieron con
productos locales, muy especialmente con las papas, productos que,
a su vez, cruzaron el Atlántico en sentido contrario y se
incorporaron a la olla castellana; como ven, salimos ganando todos.
Hay tantos cocidos o pucheros como zonas en los que se preparan.
Como decimos, los ingredientes dependen de la propia despensa y,
claro, del clima; un puchero, un cocido, es, hoy, una comida no
sólo completa, sino copiosa y muy energética, de manera
que no puede ser igual comerlo a una temperatura glacial que a otra
tropical.
En España, donde abundan las variedades de cocido, el más
famoso es el madrileño. Una gran receta, desde luego. Un
cocido más o menos completo lleva, por parte vegetal, papas,
garbanzos y alguna verdura: col, repollo... la que haya a mano.
Por parte animal, carne de ternera -a poder ser jugosa-, tocino
más o menos entreverado, embutidos como el chorizo y la morcilla,
codillo de cerdo o jamón y, desde luego, gallina y, por lo
menos hasta ahora, huesos de caña, con tuétano.
Los castizos dicen que el cocido `se hace solo`. No tanto, pero
su preparación no tiene mayor dificultad. Su calidad dependerá,
cómo no, de la de sus ingredientes.
Nuestros pucheros son diferentes, como lo somos nosotros; pero ningún
hispano, de uno u otro hemisferio, se sentirá extraño
ante cualquiera de sus versiones: siempre hay algo común,
como es normal en el plato -o la comida- que más nos une:
el cocido.-
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