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Por Caius Apicius
Madrid, 22 oct 2001(EFE)
.- Estamos, un año más, en
tiempo de setas, manjar cada vez más apreciado entre nosotros
a medida que, con el mayor conocimiento del tema, la gente va perdiendo
miedos atávicos y familiarizándose con el consumo
de las especies más apreciadas.
Ese conocimiento hace que sean más cada año quienes
se echen al monte, cestito en ristre, en busca de setas, y que aumente
también el número de ciudadanos que se dirigen al
`monte` urbano -léase tienda especializada- no con un cesto
vacío, sino con la cartera bien provista, para proveerse
de las variedades que más les gustan.
Unos y otros lo hacen alegre y confiadamente, ya que apenas hay
el menor control. Antes, los buscadores de setas que tenían
dudas sobre lo recolectado solían consultar con el boticario
del pueblo; hoy, es normal acudir a alguna de las beneméritas
sociedades micológicas que existen en distintas ciudades
y zonas seteras.
En ambos casos, era y es cuestión de confianza, por un lado,
y de generosidad y altruismo casi siempre `amateur` por el otro.
Por eso no ha de extrañarles que uno envidie a los micófagos
italianos tras escuchar al joven biólogo Javier Gómez
Urrutia explicar la normativa transalpina sobre las setas en el
II Congreso Micológico organizado por la entusiasta Cofradía
del Hongo y Setas de Navarra.
Javier, que obtuvo en Italia el título de micólogo
profesional, nos contó que allí está prohibido
recoger más de tres kilos de setas por persona y día,
como está prohibido usar rastrillos o cualquier instrumento
que dañe el suelo o el micelio... o transportar las setas
recogidas en bolsas de plástico o cualquier otro contenedor
que no permita la difusión de las esporas: el cesto es lo
idóneo.
Las setas recogidas han de conservar todas las características
morfológicas que permitan su segura identificación;
esto parece implicar la obligación de recolectarlas enteras,
no cortándolas con la típica navajita. Ah: y está
prohibido -y como todo lo anterior, fuertemente sancionado- destruir
voluntariamente cualquier tipo de setas.
Para vender setas -se admite la comercialización de 49 especies,
aunque cada región puede aumentar el número- se exige
autorización municipal y sanitaria, que se obtiene al acreditar
capacidad para identificar las especies de setas comercializadas
en la región. Además, en cada una de ellas hay uno
o varios Centros Micológicos Públicos, encargados,
entre otras cosas, de esos controles y donde ejercen los micólogos
profesionales, título que se consigue tras superar un curso
de al menos 240 horas, la mitad de ellas prácticas.
Todo esto, a quien se surte de setas en las fruterías, sin
más orientación que sus propios conocimientos y los
que supone superiores del frutero especializado, pero sin guías
de procedencia, identificación, sanitarias ni de ningún
otro tipo, le suscita una sana envidia; agradece la labor de los
boticarios rurales y de las sociedades micológicas, pero
agradecería aun más una mínima legislación.
Distinta será, seguramente, la opinión que les merezca
a los buscadores `amateurs` de setas otra característica
de la legislación italiana: la expedición del carné
profesional de recolector, que no es nacional, sino regional o municipal,
lo que complica las cosas tanto como las licencias de caza válidas
para cada Comunidad Autónoma se las complican aquí
a los cazadores.
Pero en Italia hay todavía más fiebre seteril que
aquí, y es preciso un control sobre la recolección,
lo que implica la obtención, si no de un carné profesional,
sí al menos de un permiso. La recogida abusiva es muy dañina,
y aún hay demasiados patosos que son capaces de destrozar
un monte... sin llevarse nada a casa.
En nuestro caso, nos proveemos en alguna buena frutería y
controlamos las cosas en la cocina. Este año hemos abierto
fuego con unos hermosos ejemplares de Amanita caesarea, la seta
de los césares; por cierto, la ley italiana prohíbe
su recolección `en huevo`, es decir, antes de que se abra,
para evitar peligrosas confusiones.
A lo que íbamos. Puestos en posesión de nuestras amanitas,
pasamos una vez más de los consejos de los ortodoxos y las
lavamos bien: no les hace daño, y no hay nada más
desagradable que masticar tierra cuando lo que quiere comer uno
son setas. Las secamos, y las cortamos en láminas verticales,
una vez eliminado lo leñoso del pie.
A mucha gente le gustan así, crudas, con aceite y sal. A
mí, no: siempre les encuentro un nada agradable rastro de
humedad, están como mohosas. De modo que pongo esas láminas
en la sartén, con un hilo de aceite virgen, y espero hasta
que se evapora el agua que van soltando. Así las cosas, al
plato; unos pétalos de sal marina `Maldon` -una de las pocas
exquisiteces gastronómicas que nos llegan del Reino Unido-
por encima... y a disfrutar. Empieza bien, el otoño.
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