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Por Caius Apicius
Madrid, 29 oct 2001(EFE)
- Con los años uno va echando de
menos, al leer las críticas o comentarios sobre restaurantes,
un dato que se vuelve cada vez más importante: las consecuencias
de lo comido, es decir, la noche siguiente.
Esto de tener que estar al día de las tendencias, de los
nuevos cocineros, de las nuevas cartas, de los restaurantes que
acaban de abrir, comporta muchos más riesgos de los que el
profano puede imaginarse. Para él, un crítico es un
señor que vive de comer, cosa que envidia, y al que, además,
en los restaurantes le ponen siempre la alfombra roja.
Y... sí, pero eso no es todo. Para empezar, quien se dedica
a esto pocas veces puede comer lo que de verdad le apetece a él.
Bien es verdad que muchas veces, la mayoría de ellas, se
pone en manos del `chef` y cuando éste le pregunta "¿qué
vas a comer?" contesta "tú sabrás",
respuesta poco menos que suicida y que a nadie en su sano juicio
se le ocurriría dar.
Empieza entonces un desfile más o menos largo de platos,
que, a poca memoria que tenga el cocinero, no coincidirán
nunca con aquellos tan ricos que uno llevaba en la memoria. Platos
que están en carta, platos que aún no están
y sobre los que hay que opinar... Dadas las tendencias que marcan
la cocina llamada `de autor` -con lo que a uno le gusta la cocina
`de intérprete`-, un menú-sorpresa puede ir de la
gloria a los infiernos, del cero al infinito, del placer a... bueno,
a todo lo contrario. Son, en todo caso, gajes del oficio.
Uno, que siempre trata de ser positivo, porque en el fondo no es
más que un optimista -o sea: un ciudadano mal informado-,
sale de allí procurando quedarse con lo mejor, y trata de
buscar el lado bueno hasta de platos absolutamente enloquecidos.
Está contento; de diez platos -por supuesto, y por fortuna,
en raciones homeopáticas- le han gustado mucho dos, bastante
otros dos, tres eran aceptables y sólo había tres
barbaridades, aparte del orden del menú, en el que a un elemento
graso le ha sucedido un pescado blanco, por ejemplo.
Bueno, pues se va contento. Llega a su casa, en el mejor de los
casos, o a su hotel, en el peor -siempre se le olvida en casa el
`Almax`-, y, al cabo de un rato prudencial, intenta conciliar el
sueño y pasar una noche tranquila.
Se las promete muy felices, y hasta ha conseguido dormirse, cuando...
cuando tiene que levantarse apresuradamente y, en caso de hotel,
tratar de orientarse sin encender la luz y dar a la primera con
el cuarto de baño, en lugar de meterse dentro del armario.
Ve con cierta alarma que la cena ha empezado a hacer sus efectos,
pero, siempre optimista, espera que la cosa se quede ahí.
No se queda, qué va. Casi nunca lo hace. Uno, que siente
que el fuego de todos los infiernos se ha instalado en su esófago,
nota alarmadísimo que su intestino se ha rebelado, y reclama
su derecho a deshacerse cuanto antes de todos los productos extraños
que se le han enviado. Y a la primera visita sucede otra, y seguramente
otra más. Se levanta uno hecho unos zorros, ha dormido a
salto de mata, le sigue doliendo la tripa, tiene un sabor de boca
horroroso, se nota atascado...
La edad, vale. Pero si es la edad, ¿por qué es rarísimo
que eso le pase en su casa, donde come la mar de bien? No: le pasa
fuera, y menos mal si es en su ciudad, porque cuando está
lejos, aparte del despiste inicial sobre la ubicación del
cuarto de baño -a la tercera visita se sabe el camino no
ya en la relativa oscuridad de la habitación, sino hasta
con los ojos vendados-, sabe que, al día siguiente, cuando
su maltrecho organismo le está pidiendo a gritos una tregua,
tendrá que ir a ver qué cosas nuevas ha hecho otro
`chef`. Y va, qué remedio; pero con más miedo que
curiosidad.
Por eso uno pediría que al escribir sus impresiones sobre
un restaurante, el crítico -el colega-, además de
comentar si el café es bueno o menos bueno, o el pan podría
ser mejor, o llenarle la cabeza de cocina conceptual, añadiera,
al final, un apartadito en el que informase: "y, además,
dormí como un bendito". O lo contrario, claro.
Que uno, con los años, cada vez recuerda más lo que
decía su padre, que de gastrónomo no tenía
nada, pero de lógico, todo: "hijo, no hay plato, por
bueno que sea, que justifique una indigestión". Ni mucho
menos una noche toledana, añado yo ahora.
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