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Por Caius Apicius
Madrid, 1 nov 2001(EFE)
- Se ha dicho siempre que no hay manos
como las de las monjas cuando de dulcería se trata; y, en
efecto, la nómina de postres nacidos, o al menos elaborados,
en conventos femeninos es dilatadísima. Pero hoy nos vamos
a quedar con uno de los más emblemáticos: el llamado
tocino, o tocinillo, de cielo.
Sus ingredientes fundamentales son yemas de huevo, pero muchas yemas
de huevo, y azúcar, pero mucho azúcar. O sea: dietéticamente
incorrecto, lo que lo hace doblemente apetitoso, ya que pocas cosas
dan tanta satisfacción como transgredir las normas establecidas
por los sabios "gurus" de la nutrición.
El origen de este postre es, como casi siempre, confuso. Pero hay
una tradición que se ajusta perfectamente con ese dicho italiano
que establece que "se non é vero, é ben trovato",
es decir, que si una historia no es rigurosamente cierta, al menos,
que esté bien llevada, que sea bonita.
Una de las ciudades que reivindica la invención del tocinillo
de cielo es la andaluza Jerez de la Frontera, patria de vinos conocidos
y apreciados en todo el mundo.
En toda elaboración de vino hay una operación llamada
clarificación, que consiste en eliminar, por arrastre, una
serie de impurezas que generalmente están en suspensión
coloidal y que podrían afectar a la limpieza o transparencia
del vino.
Bien, pues esa operación, antes, solía hacerse echando
en el vino clara de huevo, que arrastraba esas sustancias indeseables.
Como es lógico, las bodegas jerezanas usaban cantidades ingentes
de claras de huevo para este fin. Pero los huevos no sólo
tienen clara; tienen la buena costumbre de acompañarla con
la yema. Y las yemas no las utilizaban los bodegueros, de modo que...
algo habría que hacer con ellas.
Y a alguien se le ocurrió regalar las yemas a un convento
de monjas, ignoramos de qué congregación; y esas hermanas
serían, según esta tradición, las que "inventaron",
con yemas y azúcar, el tocinillo de cielo, cuya fama, lógicamente,
pronto atravesó las paredes del convento; de todos modos,
hay que reconocer que las monjas, con las yemas, han sido capaces
de hacer cosas riquísimas.
Total, que a lo de "tocino" -quizá por el aspecto
o la textura- se le añadió el "de cielo",
tal vez por ese origen conventual de la golosina.
En fin, ustedes querrán saber cómo hacer, sin renunciar
a su condición de seglares, el tocinillo de cielo. Pues,
más o menos... Pongan en un cacito una cucharada de agua
y cien gramos de azúcar. Cuezan a fuego suave hasta que se
oscurezca y se haga caramelo, con el que bañarán un
molde de los usados para flanes.
Batan bien doce yemas con dos cucharadas de agua. En una cazuela
pongan un cuarto de kilo de azúcar con un cuarto de litro
de agua y un palo de canela; llévenla al fuego y dejen cocer
diez minutos, removiendo bien, hasta que el líquido haga
burbujitas. Entonces retiren la cazuela del fuego y mezclen su contenido,
retirando previamente la canela, con el batido de yemas; echen la
mezcla en el molde caramelizado y métanlo al horno, al baño
maría, unos 25 minutos.
Por si sí o por si no, acompañen esta golosina con
un buen vino dulce de Jerez, que tire a empalagoso, como un buen
Pedro Ximénez, que es el más dulce de todos los Pedros.
No abusen ni del postre ni del vino, salvo que sean ustedes muy,
pero que muy golosos. Y agradezcan al Señor que haya habido,
y haya, monjas capaces de simultanear la oración con la dulcería.
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