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Por Caius Apicius
Madrid, 15 nov 2001 (EFE)
- Cuentan que el fallecido presidente de la República Popular
China Den Xiao Ping gustaba de repetir un viejo refrán chino
que decía "gato negro, gato blanco... no importa; lo
que importa es que cace ratones".
El corresponsal de EFE en Pekín nos cuenta que ahora mismo,
en China, a los gatos, al menos a los gatos jóvenes, se les
destina a un fin menos acorde con su naturaleza que capturar roedores,
algo que nunca consiguió Tom con Jerry ni Jinks con Pixie
y Dixie. Los gatitos son, al parecer, un ingrediente fundamental
en un plato que se ha puesto de moda allí, bautizado como
"tigre y dragón".
Naturalmente, los chinos, que de esto deberían saber un rato
pero parece que se acaban de caer de un guindo, atribuyen a este
plato efectos afrodisíacos. El plato en cuestión,
como habrán podido deducir de su nombre, inspirado en la
película que ganó el Oscar el año pasado, consta
de gato, serpiente y perro.
Cuentan que un viejo proverbio chino -hay que ver cuántos
proverbios chinos hay por ahí adelante- establece que los
chinos se comen "todo lo que vuela, menos los aviones, y todo
lo que tiene patas, menos las mesas". La alusión a los
aviones hace que uno piense que el tal refrán no se remonta
a los tiempos de Confucio.
Perro, gato y serpiente... Alimentos que un occidental rechazará
indignado. La serpiente, pues porque es una serpiente, miren ustedes,
aunque haya gastroviajeros que nos cuenten maravillas de cómo
las preparan en Singapur. Los perros y los gatos porque, entre nosotros,
son animales de compañía, mascotas, compañeros.
A uno le parece que, dejando aparte el ofidio, ese plato no debe
resultar demasiado armónico; es sabido que pocas relaciones
son tan hostiles como las de perros y gatos, que probablemente lleven
su incompatibilidad hasta después de ser sacrificados y guisados.
Pero, cuestiones psicozoológicas aparte, lo de comer perro
-y no hablamos del clásico "hot-dog", aunque a
veces la salchicha parezca francamente perruna- no ha sido tan raro.
Cuestión de costumbres. En el México precolombino,
cuentan los cronistas de Indias, se criaba una raza especial de
perros... para comer. A los españoles, claro, les pareció
repugnante; a Moctezuma, en cambio, le gustaban.
En cuanto a los gatos... bueno, baste decir que hay un dicho castellano
que advierte del peligro de que le den a uno gato por liebre, práctica
que debió ser bastante habitual en tiempos duros: hay más
gatos que liebres o, al menos, resulta más fácil echar
mano a un minino doméstico que a una huidiza y rápida
liebre.
Ignoro, y quiero seguir ignorando, pese a la curiosidad que todo
gastrónomo debe sentir hacia lo que no ha probado, a qué
sabe el perro estofado o el gato asado.
No me escandalizo de que se los coman los chinos, ni tampoco de
que los surcoreanos hayan dicho a la FIFA que no se meta en fogones
ajenos cuando su presidente rogó a los organizadores del
próximo Mundial de fútbol que desaparecieran los platos
a base de perro durante la competición para no herir la sensibilidad
de los visitantes.
Pero por ahí, al menos a sabiendas, no paso. Bastante tengo
con sufrir las "genialidades" que los practicantes de
la cocina occidental "de autor" proponen a diario en su
cocina "de fusión", que viene siendo "cocina
virtual" o "cocina-ficción". Aunque extraño
a nuestro paladar, a nuestra cultura, el "tigre y dragón"
tiene una ventaja sobre la "cocina-camelo" actual: por
lo menos, los chinos saben lo que comen. Nosotros, muchas veces...
ni eso.
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