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Por Caius Apicius
Madrid, 19 nov 2001 (EFE)
- Basta la insinuación de los primeros fríos para
que reaparezca en las mesas familiares la pieza más voluminosa
de toda buena vajilla: la sopera... aunque muchas veces su presencia
sea solamente virtual y la sopa llegue ya emplatada a los comensales.
El español, al menos el español adulto, tiene más
de Guille que de su hermana Mafalda: es sopero, y está realmente
convencido de las virtudes de la sopa, a la que achaca cualidades
como la de entonar el estómago y, desde luego, combatir el
frío; recuerden que una de las siete virtudes de la sopa,
según el refranero, es que `pone la cara colorada`.
Cosa que, bien mirado, tampoco debe de ser decisiva a la hora de
disfrutar de una sopa, ya que éste es un país muy
aficionado, en verano, a las sopas frías, con el gazpacho
andaluz a la cabeza. Pero ahora mismo no está tiempo de gazpachos,
y sí de sopas al estilo tradicional.
A cualquiera se le alcanza que la base de una buena sopa es un buen
caldo. Obviamente, el mejor caldo posible es el del puchero, el
del cocido, del cual derivan, más o menos, todos los caldos
de carne, aves o caza; con él, los otros dos caldos básicos,
que son el de pescado y marisco y el de verduras.
Luego, y salvo que de lo que se trate es de tomarse un consomé
o caldo limpio, vienen los `tropezones`, que pueden ir desde el
simple pan -para el Diccionario, `sopa`, ante todo, es un `pedazo
de pan empapado en cualquier líquido`-, pasando por los no
menos clásicos fideos -u otra pasta- o el arroz, hasta los
más ilustres, como trocitos de marisco o pescado, picadillos
de ave o carne o lo que la imaginación y la ciencia culinaria
prefieran.
Hay sopas muy reconfortantes, y también deliciosas. Del sur,
que no es precisamente una zona donde el frío apriete como
en la meseta, procede una riquísima sopa de pescados que,
uno no sabe bien por qué, se llama `al cuarto de hora`; no
hagan caso: lleva más tiempo. Pero vale la pena: está
muy rica.
Ante todo, hay que preparar un buen caldo de pescado. Nada mejor
para ello que usar la espina central de un pescado plano grande,
como un lenguado o gallo `de ración`; no se las vuelvan a
`olvidar` en la pescadería. Lávenla bien, y limpien
y troceen una zanahoria, un puerro, una cebolla y un par de dientes
de ajo. Pongan aceite virgen en una cazuela y sofrían las
verduras, con una hoja de laurel y unas hebras de azafrán.
A los cinco minutos, añadan la espina, mojen con medio vasito
de vino blanco y dejen hacer tres minutos. Pongan ahora litro y
medio de agua y dejen cocer media hora. Pasen todo por un colador
chino y reserven el caldo colado.
Limpien mejillones y almejas; pónganlos, por separado, en
sendas cazuelas con una cucharada de vino blanco en cada una. Llévenlas
al fuego y, en cuanto se abran los moluscos, sáquenlos de
sus conchas y resérvenlos, colando el agua que hayan soltado
por un colador de papel o de tela. No olviden que si algún
molusco está abierto, o no se abre a tiempo, deben desecharlo
y depositarlo sin más miramientos en el cubo de la basura,
donde irán a parar también las conchas de los demás.
En una cazuela con dos cucharadas de aceite sofrían unos
cien gramos de jamón, finísimamente picado. Añadan
arroz, previamente lavado; rehóguenlo dos o tres minutos
e incorporen el agua de los moluscos y el caldo de pescado. Dejen
cocer todo quince minutos; he aquí el famoso `cuarto de hora`.
Añadan ahora a la cazuela 200 gramos de pescado blanco, cortado
en trocitos y limpio de espinas y pieles; el rape es ideal para
esta sopa, ya que su cabeza hace un caldo magnífico; pero
también puede usarse congrio o merluza. Cuando haya cocido
tres minutos, añadan los mejillones, las almejas y un huevo
cocido, bien picadito. Dejen que se haga todo un minuto más;
retiren la cazuela del fuego, dejen reposar unos minutos y sirvan
la sopa.
Una sopa exquisita... y de la que hemos eliminado `estorbos` como
pellejos, espinas o cáscaras. Una sopa no debe necesitar
para su degustación más instrumento que una cuchara,
y todo lo que no se pueda comer con la cuchara, sobra.
Ya lo han visto: un buen caldo base, unos tropezones ilustres y
sabrosos... y un resultado espectacular, que hace que la sopera
-o los platos soperos- se llene de esencias marinas, de sabores
bien conocidos, sabores amigos. Vamos: una sopa con todas las de
la ley, que es como uno, a estas alturas, piensa que deben ser todas
las sopas.
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