|
Por Caius Apicius Madrid,
22 mar (EFE)
.- Cuentan los historiadores que los obreros,
que no esclavos, que construyeron la Gran Pirámide de Keops
consumieron grandes cantidades de pan, de cebollas, de cerveza y
de... lentejas, leguminosa que los antiguos egipcios tenían
en sumo aprecio. Efectivamente, el hombre conoce y aprecia -con
diversos matices- esta popular leguminosa, probablemente originaria
de Mesopotamia, desde tiempos muy antiguos. Además de la
afición de los egipcios por las lentejas, queda constancia
de un personaje bíblico al que debían de gustarle
una barbaridad; nos referimos a Esaú, que llegó a
vender a su hermano Jacob la primogenitura por un plato de lentejas.
Dice el Antiguo Testamento (Génesis,
25, 34): "Jacob dio a Esaú pan y el guiso de lentejas,
y éste comió y bebió, se levantó y se
fue. Así desdeñó Esaú la primogenitura".
La verdad es que los versículos anteriores a éste
lo que dejan claro es que Esaú tenía un hambre canina
y hubiera dado cualquier cosa por las tales lentejas. En la Roma
imperial, el tantas veces citado Apicius, en su `De Re Coquinaria`,
da varias recetas de lentejas, todas de bastante difícil
realización, unas veces por falta de ingredientes -el garum,
por ejemplo- y otras porque no están nada claras. Hay, de
todos modos, una de lentejas con castañas que parece ofrecer
ciertas posibilidades, que trataremos de verificar en los fogones.
Las lentejas fueron un alimento muy consumido
por los europeos en las duras épocas de la Edad Media. Generalmente,
todas estas legumbres secas se asociaron con épocas de penuria,
por lo que fueron perdiendo bastante favor popular. Pero las lentejas,
la mar de alimenticias y de nada despreciable contenido férrico,
siguen formando parte de la dieta de muchísimas personas,
especialmente de quienes disfrutan de la dieta -y de la cocina-
mediterránea. Son bastante polivalentes, y lo mismo pueden
servirse en puré, para comer con cuchara, que condimentadas
sólo con vegetales o en compañía, como la mayor
parte de las leguminosas, de distintos productos cárnicos,
muy especialmente los porcinos; un buen codillo de cerdo con lentejas,
por ejemplo, es una cosa muy rica.
El otro día recuperamos en casa
una receta de clara inspiración oriental, que combina las
lentejas con diversos elementos vegetales, fundamentalmente raíces,
y unos interesantes toques de especias, no todas ellas orientales,
ya que una, la que les da `calor`, es de origen americano: la pimienta
de Cayena. Partimos de 300 gramos de lentejas, de las de pequeño
formato, que pusimos en remojo seis horas antes, cosa innecesaria
con las lentejas de cocción rápida, aunque éstas
acaban, no sé por qué, sabiendo menos que las otras.
Picamos lo más fina posible una cebolla, pelamos tres dientes
de ajo y los insertamos en un palillo. Pelamos un tomate, una zanahoria
y un par de nabos y los dividimos en daditos. Tras estas operaciones
preliminares, sofreímos la cebolla en una cacerola con un
chorrito de aceite. Cuando la cebolla se ablandó añadimos
los dados de tomate y dejamos que se hicieran unos minutos.
Echamos entonces a la cacerola las lentejas,
las cubrimos con agua y les incorporamos los ajos, la zanahoria,
los nabos, una pimientita de Cayena, una hoja de laurel, dos palos
de canela y la sal correspondiente. Dejamos que todo cociese a fuego
dulce y, cuando las lentejas estuvieron blandas, retiramos el palillo
con los ajos y machacamos éstos en el mortero, para devolver
al guiso la pasta resultante. Comprobamos entonces el sazonamiento,
espolvoreamos el conjunto con un poco de nuez moscada rallada...
y, bien calientes, a la mesa. Una curiosa y agradable sinfonía
de sabores.
|