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Por Caius Apicius Madrid,
2 abr (EFE)
.- Estamos en abril, el mes asociado por
el refranero, siempre tan materialista, con las `aguas mil`, pero
que el gastrónomo liga siempre con las más exquisitas
verduras de temporada: espárragos, habas, guisantes... En
abril es pecado no comer verduras. Es el mes perfecto para recordar
a qué saben esas hortalizas recién cosechadas, algo
que el habitante de la gran ciudad tiene casi olvidado a fuerza
de comer todo el año productos de países exóticos,
o verduras congeladas o en conserva o, en el mejor de los casos,
naturales y de temporada, pero que ya han pasado demasiado tiempo
lejos de la mata. La temporada, qué cosa tan importante y
olvidada... El pasado fin de semana me puse, literalmente, verde.
Y, al contrario de lo que ocurre cuando los que le ponen verde a
uno son los otros, terminé encantado.
La cosa empezó con una menestra
al estilo tradicional -con las alcachofas albardadas- nada menos
que en la sede de la Cofradía Vasca de Gastronomía,
en San Sebastián. La cocción, al estilo clásico,
pero sin pasarse: cada cosa sabía a lo que tenía que
saber, y he de reconocer que todo sabía muy bien. Al día
siguiente, ya en tierras navarras, otra menestra, también
de corte conservador, es decir, con las verduras, en este caso,
sí que demasiado cocidas. Sin albardar, a la navarra; pero
no me resultó demasiado atractiva; las verduras, a fuerza
de cocción, habían perdido gran parte de su identidad.
Una pena.
Ya en la Ribera, en Tudela, la fiesta vegetal llegó a altísimas
cumbres de placer. No se trató de una menestra, ni siquiera
de platos demasiado elaborados, pero... qué maravilla. Unos
sencillos espárragos del día, sabiamente cocidos,
sin más añadidos que un espléndido aceite virgen
y unas gotas de vinagre, me reafirmaron en mis ya sólidas
convicciones de que los espárragos hay que comerlos justamente
en abril.
Luego, una deliciosa combinación
de habitas -peladas, claro- y guisantes, las dos pequeñas
maravillas verdes de la primavera. Las habas sabían a habas,
y los guisantes, a guisantes. Se sumaban, no se restaban. Perfectas
ambas hortalizas en color, sabor y textura. Una fiesta, de verdad.
El suministrador de tales placeres, Ricardo Gil -`El 33`, en Tudela-,
me comentaba que su obsesión con la verdura -y su casa es
ya un lugar de culto, de peregrinación, para los amantes
de la mejor cocina de lo vegetal- es que se mantengan esas tres
cualidades: color, sabor y textura. "Nuestro reto -me dijo-
es acercarnos lo más posible a la mata". Y lo consigue.
Al día siguiente hablaba, en Cintruénigo, con otro
experto maestro, Enrique Martínez -`Maher`-, que se surte
de su propio huerto, a no más de quinientos metros de su
restaurante, en el que no se utilizan pesticidas ni abonos químicos.
El alega que así cosecha menos, pero mejor. Y tanto.
El tema de conversación era la eterna
polémica respecto al punto de cocción de las verduras.
Enrique entiende que cada una tiene su punto exacto, que es, me
dijo, "cuando se rinden", cuando ya no están duras,
pero aún no están blandas. Además, explica
que el punto depende también mucho del plato que se vaya
a preparar; un poco de verdura como mera guarnición admite
un punto más corto que una menestra... en la que tampoco
hay que pasarse de cocción, ya que cada verdura ha de mantener
su propia personalidad, de la que la textura es parte importantísima.
Pero el asunto es peliagudo, porque sigue habiendo partidarios acérrimos
de las cocciones disparatadas -en un artículo sobre los espárragos
leído recientemente el autor recomendaba cocerlos nada menos
que hora y media- y los defensores furibundos de los puntos brevísimos
que, para mí, resaltan ante todo las connotaciones leñosas
de cualquier vegetal.
Cocinar es transformar los alimentos para
hacerlos más agradables, respetando al máximo sus
cualidades intrínsecas. Pero hay un máximo, a partir
del cual lo de `agradables` se convierte en una entelequia. Habrá
que recordar que una menestra no es una ensalada, sino un plato
cocinado y, en teoría, armónico. En fin, lector, que
estamos en abril, y que este año la Semana Santa cae en su
segunda semana. Los periódicos están llenos de propuestas
de vacaciones, de viajes breves, de cuatro o cinco días.
Yo me voy a permitir añadir una, especial para gastrónomos:
háganse un viaje `verde`, a la Ribera del Ebro o a cualquier
lugar donde haya huertos en los que puedan encontrar verduras de
calidad. Verán arte, disfrutarán del paisaje... y
recordarán sabores que en muchos casos tenemos casi olvidados,
sabores de cosas que, además, les sentarán estupendamente.
Unas minivacaciones muy gastronómicas, una Semana Santa de
reencuentro con los mejores frutos de la tierra. Sí: en abril,
decididamente... verduras mil.
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