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Por Caius Apicius Madrid,
5 abr (EFE)
.- Todos sabemos lo bueno y sano que es
comer mucha fruta y, sin embargo, comemos bastante menos de la que
deberíamos, incluso menos de la que nos apetecería
de verdad, y nos olvidamos casi siempre de ella a la hora de imaginar
un postre que cierre una comida de cierta categoría. La verdad
es que, para mucha gente, enfrentarse a una pieza de fruta, una
naranja, por ejemplo, a la hora de tomar el postre fuera de casa
es un asunto poco cómodo. Sabe que no se pela como él
lo hace habitualmente en su casa, y tiene bastante miedo de hacer
el ridículo, de quedar mal. En consecuencia, se abstiene...
aunque la naranja le apetezca muchísimo.
Por supuesto, en un restaurante medianamente
bueno no va a haber ningún problema si se pide fruta: llegará
al comensal perfectamente pelada, cortada y presentada. Una solución
muy socorrida es la clásica ensalada de frutas, que sigo
sin saber por qué se llama macedonia... a condición
de que esté compuesta por frutas que no sean incompatibles
por sabor o textura. Pero se pueden hacer muchas más cosas,
y cosas, además, fáciles y ricas. Veamos una solución
que parte de cuatro frutas realmente ricas, que suelen gustar a
todo el mundo: banana, durazno, fresón y ananás.
Las dos primeras, de origen asiático,
llegadas a Occidente por la vía habitual: de China o la India
a Persia, de allí, en manos árabes, a Europa, y de
ésta a América. Tanto el fresón -no la fresa-
como el ananás tienen su cuna en América, desde donde
hicieron el camino inverso. Empezaremos con un par de bananas, que
han de estar maduras, pero no blandas. Una vez peladas, se cortan
en cuadrados -no en rodajas- de unos tres centímetros de
lado. Hacemos la misma operación con un ananás y cuatro
duraznos. Insertamos las frutas en palillos largos de madera y rectificamos
el corte para que todos los trozos queden del mismo tamaño.
Con los recortes de las frutas hacemos
un puré, cociéndolos unos minutos en dos cucharadas
de agua y otras tantas de azúcar. Por otro lado, hacemos
la misma operación con cien gramos de fresones, pasando el
puré finalmente por un colador.
El final más sencillo consiste en colocar las brochetas de
frutas en el centro del plato y rodearlas con un cordón de
cada salsa de frutas. Pero en casa nos gusta más meter un
par de minutos las brochetas en el horno, para servirlas calientes
y, en este caso, con las salsas bien frías. Estas brochetas
peden prepararse con antelación, pero entonces conviene rociar
las bananas con un poco de jugo de limón, para que no se
ennegrezcan.
Obviamente, las variaciones posibles son
casi infinitas, según las frutas que decidan usar. Hay que
procurar contrastar los colores de las frutas de la brocheta con
los de las salsas; a unas frutas blancas les irá muy bien
una salsa roja, y viceversa... Una cosa importante es no utilizar
para las brochetas frutas de texturas muy diversas; mejor que todas
ellas tengan un aproximado punto de resistencia al diente. Es, como
ven, una solución sencilla, pero que queda muy bonita, además
de muy rica, si sabemos jugar con el cromatismo que nos ofrecen
tantas frutas como tenemos a nuestra disposición. Y una cosa
más, que conviene recordar: usen frutas de la estación,
cuando están en su mejor momento: que su aroma, su sabor
y su textura sean lo más fieles posible a cómo es
esa fruta recién arrancada del árbol o de la mata.
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