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Por Caius Apicius Madrid,
9 abr (EFE)
.- ¿Qué es, a estas alturas,
saber de vino, entender de vino? Es una pregunta que cada vez me
hago con más frecuencia, y para la que, por el momento, no
acabo de encontrar una respuesta convincente. Si por `saber de vino`
entendemos estar totalmente al día de las novedades que lanzan
las bodegas, he de reconocer que yo sé poco: es tal la cantidad
de etiquetas nuevas que salen al mercado que haría falta
una dedicación casi exclusiva para saber de qué nos
hablan cuando un colega menciona una novísima marca. Dejaré
clara una cosa: para mí, sólo hay una manera de saber
de vino: haber bebido vino. Muchos vinos, que no es lo mismo que
mucho vino. Tener una buena memoria sensorial. Y, a poder ser, haber
bebido los vinos grandísimos, esos que están en la
mente de todos... y en la experiencia de pocos.
Hoy nos encontramos con que el vino `viste`.
Hace unos cuantos años lamentábamos la ausencia de
sumilleres en los restaurantes españoles. Hoy los hay, afortunadamente.
Y los hay que son auténticos maestros, como Custodio López
Zamarra. Pero hay muchos que... están empezando. Han hecho
un curso, un buen curso, y han obtenido su titulación.
En cualquier actividad académica, el alumno sabe que su verdadero
aprendizaje va a comenzar justo cuando termine sus estudios. Aquí
se da un fenómeno distinto. Parece que uno sale del curso
sabiéndolo todo. Y se asumen responsabilidades a todas luces
excesivas. Un sumiller, digámoslo, no es un enólogo.
Por lo tanto, no debe actuar como tal... aunque en ese curso haya
adquirido algunas nociones de enología.
En el mundo actual del vino sobra prepotencia
y falta sosiego. En todos los sectores. Sobran `gurus`, por ejemplo,
imitadores del gran `guru` estadounidense que está consiguiendo
que muchísimas bodegas, al elaborar un vino, no piensen en
quienes se lo van a beber en casa o en el restaurante, sino en que
le guste al todopoderoso crítico norteamericano. Y, a lo
mejor, a usted -o a mí- no le gusta. Hoy, además,
todo el mundo hace vino. Quienes hasta hace pocos años vendían
su producción a las cooperativas -cuántos excelentes
y asequibles vinos de cooperativa hemos bebido en nuestra vida-
hoy lanzan al mercado sus propias etiquetas. No sé, porque
en todos los sectores económicos lo habitual es quejarse
de lo mal que están las cosas, pero esto del vino debe de
ser un buen negocio, y un negocio fácil.
Hay prepotencia en los compradores. No
se puede ir a una bodega, catar un vino delante de -ahora sí-
el enólogo que lo ha elaborado y decir que es `una porquería`.
Un poco de sensibilidad, por favor. O hacer abrir una veintena de
botellas, porque `tengo que probar lo que voy a comprar`. ¿Haría
lo mismo si lo que comprase fueran... supositorios? Proliferan las
revistas especializadas en vinos, mejores o peores. Pueden creerme
que en muchos casos abruman literalmente a las bodegas pidiendo
-o, más bien, como se dice ahora, `exigiendo`- páginas
de publicidad... o llamando a bodega para comunicar la buena nueva
de que `hemos seleccionado vuestro vino... para que nos lo regaléis
en la fiesta de presentación de la revista`.
El arte de hacer -y el de beber- vino son
tan viejos como la Humanidad. Saber de algo requiere una larga trayectoria,
una experiencia, un criterio, no un curso por correspondencia ni,
mucho menos, unas catas virtuales, que ya me dirán en qué
pueden consistir. No se hace un Custodio en un año, ni un
José Peñín, decano de quienes escribimos de
vino, en dos meses.
De modo que no son Custodios, ni Peñines. Pero se lo creen.
Uno, la verdad, está encantado con que cada vez se cuide
más el vino en la hostelería, con la proliferación
de bares de vinos atendidos por buenos profesionales... Pero le
desalienta la chulería, la falta de estilo, que observa en
muchos de los que están en el vino como podrían estar
en otra cosa. Y si algo requiere un estilo, una elegancia -de maneras
y de alma- exquisita, es el mundo del vino.
Para beberlo, claro. Para hacerlo. Para
comprarlo. Para venderlo. Para comentarlo. Para enseñarlo.
El mundo del vino es, en principio, un mundo noble; no es casualidad
que exista una aristocracia del vino. Quien está en ese mundo
como profesional debe dar ejemplo al simple aficionado, no desconcertarle
ni apabullarle. Un gran vino tiene la educación del aristócrata,
no la chulería y la prepotencia del macarra. Sabe ganarse
voluntades sin avasallar. Ojalá que todos los que estamos
en este mundo mágico fuésemos así: sabios,
pero discretos. Elegantes. Pero... mucho me temo que hoy, en los
negocios -y el vino lo es-, la elegancia cotiza a la baja. Ya vendrán
tiempos mejores.
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