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Por Caius Apicius Madrid,
12 abr (EFE)
.- Durante muchísimo tiempo, probablemente
desde que el hombre aprendió a hacerlo, pan ha sido sinónimo
de comida, al menos en las civilizaciones occidentales, las mismas
que aún hoy, cuando rezan, le piden a Dios "el pan nuestro
de cada día". Hoy, según parece, comemos menos
pan, al menos en las sociedades desarrolladas; pero comemos pan.
Y, siempre, ha sobrado pan, que tiene la peculiar costumbre de ponerse
duro. Tirar el pan siempre ha sido una cosa muy mal vista; no hace
tanto tiempo, cuando a alguien se la caía un trozo de pan
al suelo lo recogía y lo besaba. Son costumbres que ratifican
esa identificación de pan con comida. Por supuesto, la utilización
del pan pasado, duro, lo que hoy llamaríamos su "reciclaje"
es, también, vieja como el propio pan. Todas las cocinas
están llenas de platos cuya base es el pan de, al menos,
el día anterior. Platos salados... y platos dulces.
En España -y, con otros nombres,
en muchos países- tal vez la más popular de las creaciones
dulces con pan de días sean las torrijas, que en Semana Santa
son obligadas en el desayuno en Madrid. Son parientes del "pain
perdu" francés, de las "french toast" estadounidenses,
de los "poor knights of Windsor" ingleses y, por supuesto,
de las torrejas mexicanas. No es más, como decimos, que una
dulce forma de aprovechar un pan pasado de fecha, duro. Pero es
un aprovechamiento delicioso... si se hace con honradez y con cierta
sabiduría. Vamos a ver alguna fórmula, partiendo siempre
de una barra de pan, del tipo francés, de al menos un día
o dos antes, que se corta en rebanadas de entre dos y tres centímetros
de grosor.
La primera, la más clásica.
Pongan a cocer en un cazo medio litro de leche con cien gramos de
azúcar y una vaina de vainilla. En cuanto hierva, retírenla
del fuego y déjenla en infusión unos minutos. Una
vez haya enfriado, mojen ahí las rebanadas de pan, empapándolas
bien; pásenlas por huevo batido y fríanlas en aceite
bien caliente hasta que tomen color dorado. Finalmente, escúrranlas
muy bien y espolvoréenlas con azúcar vainillada. Otra
versión muy popular es la que utiliza el vino como elemento
empapante. También lo pondremos a calentar, con azúcar
y un palo de canela, hasta que el azúcar se disuelva bien.
Lo dejaremos enfriar y bañaremos en él las rebanadas
de pan. A partir de ahí, igual que antes: pasarlas por huevo
batido, freírlas, escurrirlas y, en este caso, espolvorearlas
con azúcar y canela.
Vamos con una tercera receta, ésta
más sofisticada. Preparen unas torrijas con leche como hemos
explicado más arriba, pero sin espolvorearlas con nada. Hagan
una crema con tres yemas, cuatro cucharadas de azúcar y cuarto
litro de leche, que batirán bien en frío y cuajarán
a fuego suave. Pongan las torrijas en una fuente de horno y cúbranlas
con esa crema. Finalmente, monten las claras a punto de nieve con
un poquito de azúcar en polvo vainillado, adornen con ese
merengue las torrijas y métanlas al horno hasta que el merengue
se dore. Realmente deliciosas. Como pueden ver, el toque final de
las torrijas admite toda la creatividad del mundo; busquen ustedes
su propia fórmula. Pero recuerden que la calidad del pan
es fundamental, que las torrijas no deben quedar ni excesivamente
blandas ni duras, justamente esponjosas, y que no deben conservar
ni una gota del aceite en el que se frieron. Como casi todo en cocina,
cuestión de práctica o, como dicen los cocineros,
de "mano".
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