|
Por Caius Apicius Madrid,
16 abr (EFE)
.- Todos hemos oído montones de
veces decir que la gran cocina está en manos masculinas,
que los cocineros más famosos -que no siempre se corresponden
con los mejores, ojo- son varones... Es una afirmación sin
duda vigente en gran parte del mundo, pero no en Galicia: en la
cocina gallega mandan las mujeres. Y no sólo en la cocina
que llamamos `tradicional`, o en la cocina modesta de tantas y tantas
honradísimas casas de comida o tabernas entrañables.
No: también en la que hemos dado en llamar `alta cocina`
o, en estos tiempos, cocina `creativa`. En los fogones públicos
gallegos ocurre al revés que en el resto del planeta: los
varones son más excepción que norma.
Estas semanas, un diario coruñés
está publicando un interesante coleccionable titulado -a
buenas horas- `La nueva cocina gallega`. Buena parte de sus protagonistas
son damas: Toñi Vicente (`Toñi Vicente`, Santiago),
Manicha Bermúdez (`La Taberna de Rotilio`, Sangenjo), Angeles
Vicente (`La Alameda de doña Antonia`, Pontevedra), Chus
Castro (`Bitadorna`, La Guardia), Chus González (`Alameda
10`, Pontevedra), Lourdes Fernández (`Casa Alfredo`, Mos)
y Ana Gago (`Casa Pardo`, La Coruña). Uno ha tenido ocasión
de comer, hace más o menos tiempo, pero no demasiado, en
todos los restaurantes arriba citados, y ha de decir que, en efecto,
practican, con mayor o menor éxito, una cocina que busca
salirse de lo trillado, algo que, en Galicia, siempre comportó
riesgos, como bien experimentó en sí misma la pionera
Toñi Vicente, probablemente la mejor cocinera que ha dado
Galicia jamás, que hubo de enfrentarse con la incomprensión
de unos y la apatía de otros cuando, ella sí, se lanzó
a dar rienda suelta a toda su creatividad culinaria.
Algo, la creatividad, que no está
al alcance de todos ni de todas, y esto no se refiere solamente
a Galicia. No crea quien quiere, sino quien sabe. Que llamemos `creativos`
a cocineros que se aventuran por las sendas abiertas por esos pioneros
es, más que nada, una forma de entendernos... hasta que ellos
mismos se lo creen, momento en el que su cocina deriva hacia el
`quiero y no puedo` o directamente hacia el disparate. En Galicia,
a principios del siglo XXI, sigue vigente la vieja discusión
entre los partidarios acérrimos de la cocina tradicional
y quienes se inclinan por la evolución. La diferencia más
notoria entre unos y otros es que los primeros niegan el pan y la
sal a los segundos, mientras éstos reconocen los valores
de la cocina que preconizan los otros. Uno piensa que, a lo largo
de la Historia, los intransigentes casi nunca han tenido razón.
Dicen quienes se oponen al cambio que en
Galicia se goza de una materia prima tan extraordinaria que es innecesario
disfrazarla. Uno piensa, también, que quien llama `disfraz`
a la cocina se define él solito. Luego llega a sus fogones
y comprueba que, en efecto, él -o ella- no ha disfrazado
ese magnífico rodaballo o esa espléndida lubina: directamente
los ha destrozado, ha arrasado su sabor y su textura propios en
una cocción prolongadísima. Y, tan contento, dirá
que en su casa lo que importa es `el producto`. No hay polémica
más falsa, más falaz, que la que quiere oponer el
concepto de `alta cocina` al de `cocina de producto`. No hay buena
cocina con mala materia prima, pero ésta, sin cierta sabiduría
culinaria, tampoco es suficiente: todos hemos padecido alguna vez
la impericia de un cocinero que ha sido capaz de estropear algo
tan en apariencia imposible de estropear como unos percebes.
La cocina gallega sigue buscando su camino.
A algunos esto les parecerá poca cosa; les recordaré
que, hace no muchos años, no se tomaba ni ese trabajo. Hizo
falta que alguien le aplicase un decidido `levántate y anda`;
y ese alguien fue una mujer. Hoy le siguen otras; entre todas ellas
han realizado la que podríamos llamar `primera revolución`
de la cocina gallega de finales del siglo XX. Por ello merecen nuestro
reconocimiento y nuestra gratitud. Ellas han sido, son, en buena
parte responsables de que quien viaje a Galicia pueda disfrutar
de algo más que del marisco. Los mariscos gallegos son, quién
podrá negarlo, una auténtica maravilla, todo un privilegio;
pero durante demasiado tiempo han ejercido de eucaliptos en el campo
de la cocina gallega: bajo ellos no crecía nada.
Hoy sigue habiendo marisco, pero también
hay una cocina que trata de estar de acuerdo con su tiempo. La cocina
de ellas... aunque ya hay varios `ellos` jóvenes que vienen
con mucha fuerza, como el que será seguramente impulsor de
la `segunda revolución`, Marcelo Tejedor (`Casa Marcelo`,
Santiago), tal vez el cocinero gallego con más sólida
formación de todos los tiempos. Pero, mientras tanto... gracias,
rapaciñas.
|