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Por Caius Apicius Madrid,
19 abr (EFE)
Hasta ahora, las algas eran esas cosas
verdes o marrones con las que todos hemos tenido algún desagradable
encuentro en la playa; pero últimamente, por la creciente
influencia oriental en la cocina mundial, se han convertido en un
ingrediente frecuente en no pocos platos de los llamados `creativos`.
Uno siempre había relacionado las algas con la comida, pero
desde otros puntos de vista. Sabía, claro, que muchos peces
que al pasar a pescados están muy ricos se alimentan preferentemente
de algas; estaba acostumbrado a ver algas en las cajas en las que
viajaban las ostras, e incluso había saboreado algún
`sushi` de los que el arroz y el pescado están envueltos
en una hoja del alga llamada `nori`.
De modo que las algas eran, por este orden, un incordio en la playa,
comida de peces, protección de ostras e ingrediente de platos
exóticos. Hoy, a fuerza de insistir en la cocina `de fusión`
-de fusión con la japonesa, se entiende-, cada vez aparecen
más algas en lugares insospechados.
Porque uno entiende que en un plato de pescado puedan entrar las
algas; es el caso de la lubina sobre lecho de algas creada, hace
ya algunos años, por el gran Michel Guérard. Era,
con todo, un plato en el que la misión de las algas era preservar
la humedad del pescado y aportarle un delicioso toque yodado: no
era obligatorio comérselas, y quien lo hacía era,
más que nada, por curiosidad.
Bueno, pensábamos; la lubina no es un pescado precisamente
vegetariano, sino un activísimo depredador; incluso su nombre
deriva del de un gran cazador terrestre, el lobo. Pero es de suponer
que tiene bastante contacto con las algas durante toda su vida,
de modo que no tenían por qué irle mal... para reforzar
su aroma. Desde luego, yo no me las comía.
Pero las cosas han cambiado, y hoy tenemos algas, y nunca mejor
dicho, hasta en la sopa. Hace poco, uno de cocineros jóvenes
españoles más prometedores me ofreció un magnífico
tronco de foie gras a la brasa, con costra exterior y jugoso y rosado
interior, que venía sobre un caldo en el que reconocí
como elementos sólidos arroz y una cosa verde que creí
que era lechuga.
Y lechuga era; pero lechuga... de mar, una de las algas más
frecuentes en las playas. El foie gras estaba excelso, pero el problema
fue que a mí no me hace gracia ni el sabor ni la textura
del alga en cuestión, que impregnaba todo el visualmente
atractivo caldito de base.
Reconozco que hay algas que están ricas, pero me gustan en
su contexto adecuado: los pescados `cocinados` a la japonesa, con
su escolta de salsa de soja, jengibre y esa pasta verde de rábano
picante que se llama `wasabi` y con la que hay que ser prudentes.
Fuera de ese contexto, en platos más occidentales y con cuadrúpedos
o plumíferos como protagonistas... me motivan bastante menos.
Me pasa con ellas lo mismo que a un escritor y gastrónomo
español le ocurría con la hierba: a él no le
gustaba tal cual, sino una vez que una vaca la había `transformado`
en materia prima de suculentos asados. A mí me parece bien
que los peces coman algas y las conviertan en deliciosos y sabrosos
lomos de pescado; o sea, que estoy a favor de las algas como alimento
de una de mis `materias primas` favoritas, el pescado.
Pero de eso a compartir los gustos gastronómicos de un pez
`vegetariano`... hay todo un abismo. Aunque me temo que vamos a
tener que acostumbrarnos.
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