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Por Caius Apicius Madrid,
23 abr (EFE)
Como cada año, estos días
celebramos el aniversario de la muerte de Cervantes con una serie
de actos, unos solemnes, otros populares, entre los que destaca
la lectura pública del Quijote por sucesivos lectores, famosos
o desconocidos.
Si no fuera porque el principio de la obra está reservado
a los primeros, a mí me gustaría participar alguna
vez en esta conmemoración leyendo el segundo párrafo
del Quijote: "Una olla de algo más vaca que carnero,
salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados,
lentejas los viernes y algún palomino de añadidura
los domingos consumían las tres partes de su hacienda".
Por supuesto, en el Quijote son muchísimas más las
referencias gastronómicas, pero este párrafo nos ilustra
sobre la dieta habitual de un hidalgo medio en la Castilla del siglo
XVII.
Al decirnos que don Alonso Quijano comía, es de suponer que
prácticamente a diario, una olla "de algo más
vaca que carnero", Cervantes nos indica que la hacienda del
hidalgo no era pingüe; en aquellos tiempos, el carnero era
la carne más valorada, mucho más que la vaca o, como
hoy diríamos, el buey. Es curioso que el carnero haya sido
una carne apreciada en España hasta finales del siglo XIX...
y que hoy el gusto general no acepte ni siquiera el cordero un poco
crecido. Prácticamente el único representante del
ganado ovino que llega a nuestras mesas es el cordero lechal.
Antes, ya decimos, ocurría todo lo contrario, y era el carnero
el más estimado... aunque a finales del XIX Angel Muro escribía
que en España el carnero nunca sería bueno porque,
por la afición del público a las criadillas, se les
dejaba crecer enteros, lo que les confería un desagradable
gusto a bravío.
Lo de "salpicón las más noches" también
puede sonar raro en unos tiempos en los que identificamos el salpicón
con algún ilustre marisco, como el bogavante, o con un pescado
como el atún. El de don Quijote no era así, sino el
aprovechamiento más sencillo de la carne sobrante de la olla
del mediodía. Esa carne, cocida, se cortaba en pedazos menudos,
a los que se añadía cebolla picada para aliñar
el conjunto con aceite, un poco de vinagre, sal y pimienta.
Es una segunda vuelta que hoy tampoco se practica, en beneficio
de la clásica ropa vieja u otras preparaciones semejantes.
Lo que sí se mantiene es la costumbre de elaborar un plato
agradable con las sobras del cocido; incluso hay quien sostiene
que lo mejor de un buen cocido es, precisamente, la ropa vieja.
Los "duelos y quebrantos" han dado bastante más
cancha a los polemistas. Hoy se conoce con ese nombre un sabroso
plato de huevos revueltos con torreznos y tal vez algún otro
aditamento porcino, como jamón o chorizo. Pero en época
de Cervantes, los sábados no se podía comer tocino...
De ahí deducen algunos autores que se trataba de algo bien
distinto. Hay eruditos que explican que los sábados llevaban
los pastores a su patrón las ovejas que habían muerto
accidentalmente durante la semana. Con sus carnes, deshuesadas,
se preparaba tasajo; y los huesos, mondos y lirondos, eran los protagonistas
de la olla sabatina, porque eran uno de los pocos elementos cárnicos
autorizados por la Iglesia ese día. El "quebranto"
sería el que sufría el dueño de las reses muertas,
y el "duelo" podría deberse a la parquedad de la
olla a que se veían constreñidos los católicos
-es decir, casi todos los españoles de la época- los
sábados.
Los otros dos componentes de la dieta quijotesca son bien conocidos
por nuestros contemporáneos. Las lentejas -don Quijote las
tomaba los viernes, por lo que habrá que suponer que serían
viudas, esto es, sin chorizo ni jamón- siguen formando parte
de nuestra dieta habitual. Y los palominos -los pichones, para entendernos,
aunque en puridad éstos serían sólo los domésticos-
han recuperado últimamente el prestigio perdido a mediados
del siglo XX.
Porque siempre fue nota de hidalguía tener palomar en la
casa, y no precisamente para criar palomas mensajeras. Todavía
en el siglo que acaba de terminar se decía en Galicia que
"capilla, palomar y ciprés, pazo es". Por ello
no es de extrañar que don Alonso Quijano ennobleciese su
mesa dominical con un par de pichones de su palomar.
En fin, ahí tienen ustedes los platos habituales en la dieta
de un hidalgo manchego del Siglo de Oro. Todavía resultan
apetitosos, salvo quizá la versión ortodoxa de los
"duelos y quebrantos". Prueben a recordar a Cervantes
con alguno de ellos, y brinden por su eterna gloria con una copa
de cualquiera de los cada vez mejores vinos que se elaboran en las
tierras de la que antes llamábamos Castilla la Nueva.
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