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Por Caius Apicius Madrid,
30 abr (EFE)
.- Cuando las cosas vienen mal dadas no
suele faltar quien trate de consolarnos diciéndonos que "no
hay mal que por bien no venga", aunque cuando uno lo está
pasando mal de verdad no le haga mucha gracia que le vengan con
refranes. Pero después de todo lo ocurrido con el llamado
"mal de las vacas locas", lo primero que se le ocurre
a uno es que, efectivamente, no hay mal que por bien no venga...
si, a consecuencia de la crisis desatada en el sector por la encefalopatía
espongiforme bovina, a partir de ahora la carne que consumimos cuenta
con todas las garantías sanitarias y de calidad, como parece
que sucede ya.
De todo ello hablamos periodistas, cocineros
y ganaderos hace unos días, en Valladolid, durante una muy
interesante cata de carne de terneras de diversas razas y edades,
en el marco de la magnífica feria Alimentaria de Castilla
y León. Se puso de relieve que, en efecto, hoy toda la carne
destinada a consumo humano, al menos en los canales legales -la
clandestinidad está asociada a algo tan inerradicable como
la picaresca-, las garantías para el consumidor son mayores
que nunca y, al mismo tiempo, los productores tratan de conseguir
carnes cada vez de más calidad.
Ciertamente, y dejando siempre un margen
estrecho para la citada picaresca, contra la que todos, pero todos,
o sea, ganaderos, mataderos, carniceros, cocineros, informadores,
consumidores e instituciones públicas competentes, debemos
luchar, hoy las cosas están mucho mejor que hace unos meses.
Según los datos de que se dispone, el consumo ha comenzado
a recuperarse. O sea: que las aguas vuelven a su cauce, y el español
puede seguir comiendo carne -y la `carne` por antonomasia es la
de vacuno- con más tranquilidad que nunca, cosa que, por
otra parte, ya venía haciendo buena parte de la población,
justamente la mejor informada.
Pero el consumidor medio sigue poco informado
respecto a la carne que compra; todavía es raro que en la
carnicería se nos informe de la raza, edad y procedencia
de la res de la que procede cada corte, aunque esto parece que está
en vías de solución. Además, hay vicios de
consumidor y vicios de proveedor. Entre los segundos, el curioso
hecho de que en España todas las vacas cambian automáticamente
de sexo una vez sacrificadas: se convierten en `buey`, excepto una
parte de su anatomía, su cola, que pasa a ser siempre `de
toro`.
Y, entre los primeros, el amor de los españoles
a las carnes a la parrilla, especialmente al tan controvertido chuletón...
que puede estar muy rico si se utiliza la carne adecuada. En la
cata vimos que las carnes blancas, de ternera joven, no se prestan
a esa preparación; agradecen mucho más un leve paso
por la sartén, con unas gotas de aceite de oliva. Y son magníficas
para los casi olvidados, pero deliciosos, estofados. En España,
afortunadamente, hay razas de vacuno para todos los gustos. El problema
es que uno llega a la carnicería y no encuentra esas razas,
ni -en general- se le explica, verbalmente o mediante la preceptiva
etiqueta, de qué clase de animal procede la carne. Yo les
reto a que encuentren carne de retinto extremeño, por ejemplo,
o de `vedella de Girona`, en su proveedor habitual, si no son ustedes
de Cáceres o de Gerona. Y es una lástima.
En fin, que las aguas van volviendo a su
cauce. Les propongo celebrarlo haciéndose una ternera `asada`
-no es, realmente, un asado- a la gallega. En una olla con un chorretón
de aceite, doren por todas partes un trozo como de kilo y medio
de morcillo o aguja de ternera. Añadan un par de zanahorias
y una cebolla, troceadas, y un par de dientes de ajo, y rehoguen
bien todo. Incorporen una cucharada de pimentón dulce, bañen
con un vaso de vino y echen una hojita de laurel. En cuanto el vino
se evapore, salen, cubran todo con agua caliente y dejen cocer un
par de horas, dando vueltas a la carne a medida que se va reduciendo
el líquido.
Pelen medio kilo de patatas pequeñitas,
y dórenlas un poco en la sartén con aceite. Retiren
de la olla la carne y el laurel y pasen el resto por colador chino,
apretando bien. Vuelvan a poner en la olla la carne y la salsa,
y añadan las patatas, que harán cocer en esa salsa
hasta que estén tiernas, pero enteras. Sirvan la carne en
trozos, con las patatas enteras y la salsa, que no debe ser caldosa,
sino más bien densa. Un buen tinto en las copas... y ya verán
cómo, en efecto... no hay mal que por bien no venga.
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