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Por Caius Apicius Madrid,
3 may (EFE)
.- Nunca hemos tenido claro por qué
se llaman macedonia o ensalada las combinaciones de frutas que suelen
presentar como postre muy socorrido quienes no andan muy sobrados
de imaginación; no son ensaladas, pues no llevan sal, e ignoramos
qué relación puedan tener con la patria de Alejandro
Magno. Digamos que estas combinaciones frutales, cuando se hacen
con buen gusto, esto es, jugando con los colores, contrastando dulzores
y acideces y manteniendo en lo posible una armonía de texturas,
son un postre muy agradable, que además suele aromatizarse
con unas gotas de algún licor más o menos adecuado.
Pero no es de esas ensaladas de frutas
de las que queremos hablarles hoy, sino de auténticas ensaladas
en las que la fruta pasa a ser un ingrediente importante. La fruta,
harta de verse relegada a un puesto secundario en el menú,
cuando ya los comensales están ahítos, reclama a gritos
un protagonismo que hasta ahora no se le solía conferir.
Mal hecho, porque un toque frutal alegra y anima muchas ensaladas,
les aporta un punto que puede ser dulce, pero también ácido,
cuando no amargo, y siempre una nota de frescura muy de agradecer
en un plato que en teoría debe ser refrescante, como una
buena ensalada.
La sabiduría popular había
patentado algunas combinaciones que al no iniciado le pueden parecer
sorprendentes, como la que liga naranjas y bacalao, clásica
del almuerzo que compartían los trabajadores de las almazaras
-molinos de aceite- andaluzas en el cambio de turno matutino. La
siguiente es una variante despojada de rusticidad. Tuesten ligeramente
en el horno, para intensificar su sabor, un par de cucharadas de
piñones. Pelen naranjas, cuidando de suprimir completamente
la piel blanca interior, y córtenlas en gajos. Dispongan
esos gajos en los platos, formando corona; coloquen en el centro
láminas de bacalao ahumado, rocíen todo con un buen
aceite virgen de oliva y esparzan por encima los piñones
tostados y pétalos de sal marina. Les sorprenderá
la armonía de la combinación.
Hablábamos de combinar sabores ácidos,
amargos y dulces. Lo lograrán partiendo de diversos tipos
de hojas: lechugas variadas, escarola, achicoria morada, endibias,
hojas pequeñas y tiernas de espinaca... Han de lavarlas muy
bien, para escurrirlas concienzudamente después y unificar
sus tamaños cortando las hojas más grandes. Aquí
está lo amargo. Para lo dulce, corten en dados una manzana
de alguna variedad dulce, y hagan lo mismo con un mango en su estado
ideal de madurez. Pelen una naranja, también de las dulces,
eliminando la parte blanca interior de la piel; córtenla
en gajos, procurando que no queden telillas.
Y lo ácido: expriman un limón,
o un par de limas, y mezclen su jugo con el de media naranja. Les
recordamos que las ensaladas en las que entra fruta no deben aliñarse
con vinagre, sino precisamente con zumo de limón. Emulsionen
los zumos de los cítricos con aceite virgen de oliva, añadiendo
la sal necesaria y batiendo muy bien. Pongan la ensalada en un bol,
o en platos individuales; en este caso, ayúdense de un aro
para que les quede bonita. Repartan las frutas y rieguen todo con
el aliño. Esparzan encima unos dados de queso fresco y unos
bastoncitos de jamón dulce, terminen con unas nueces picadas...
y a la mesa, que entre el aliño y la degustación no
debe haber pausa. Son dos de las muchísimas posibilidades
que hay; piensen en granadas, papayas, pomelos... Y prepárense,
porque son ya bastantes los cocineros creativos que usan en sus
ensaladas no ya frutas, sino... pétalos de flores.
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