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Por Caius Apicius Madrid,
14 may (EFE)
.- Cada vez se ve más en las cartas
de los restaurantes, sobre todo en los de cierto nivel, encabezando
el capítulo de los postres, una advertencia que indica que
varios de ellos deben pedirse al principio de la comida. Se aduce
que su elaboración requiere un cierto tiempo, que no están
hechos con antelación, sino que hay que prepararlos una vez
solicitados por el cliente, por lo que es necesario que figuren
en la comanda que el maitre envía a la cocina. Hasta aquí,
nada que objetar; que se advierta de que esos postres se elaboran
sobre la marcha indica que la casa se toma muy en serio este capítulo
de la comida, cosa muy de agradecer en un panorama lleno de postres
insustanciales, cuando no industriales. "Aquí -piensa
el cliente, satisfecho- se cuida el detalle". Y, aunque no
está acostumbrado a hacerlo, elige un postre cuando aún
está tomando el aperitivo. Perfecto.
Lo que no sabe normalmente el cliente es
que el motivo de la recomendación de pedir el postre al principio
es, sobre todo, un asunto de marketing, una garantía para
el establecimiento. Ojo, que también lo es para el cliente,
al menos en muchos casos.
Verán ustedes. Ocurre con frecuencia que uno va a comer fuera
y pide sus platos, sin preocuparse ni poco ni mucho del postre hasta
que, después del último plato, el maitre -o quien
sea- se acerca a la mesa y pregunta: "¿Los señores
desean elegir el postre?", Muchas veces, el comensal está
más que satisfecho, incluso ha comido más de lo que
pensaba, y despacha la opción pidiendo un café. O
sea: pasa olímpicamente del postre. Ah, pero si lo ha pedido
al principio de la comida no tiene ya escapatoria: le servirán
-y, fundamentalmente, le cobrarán- el postre... aunque al
cliente ya no le quepa nada, o no le apetezca ya seguir comiendo.
Como ven, el comensal tiene la garantía de que su postre
ha sido preparado especialmente para él... y el restaurante
la de que no se va a ir en blanco un capítulo de la cuenta
nada despreciable, de modo que todos contentos.
Un capítulo nada despreciable...
Pues sí. Si quieren ustedes calcular, con un mínimo
margen de error, lo que les va a costar una comida en un restaurante,
con un vino no muy caro -asunto cada vez más peliagudo-,
no tienen más que echarle un vistazo al apartado de los postres...
si figura en la carta, que si hay una específica de postres
no suele llegar a la mesa hasta más tarde. Fíjense
en los precios de los postres, y calculen aproximadamente la media.
Multipliquen esa cantidad primero por ocho y luego por nueve: el
precio total de la comida estará en esa horquilla. Por ejemplo:
si los postres están, más o menos, a mil pesetas,
calculen que la cuenta va a andar entre las ocho y las nueve mil
pesetas; se equivocarán muy poquito... salvo que la parte
líquida se dispare.
Un asunto cada vez más complicado,
éste de los postres, porque la cocina `de autor` ha irrumpido
con fuerza también en este apartado. Proliferan las `sopas`
de los más insospechados ingredientes; aparecen en los postres
elementos tradicionalmente destinados a ser protagonistas de las
más diversas infusiones, o aromas de platos `salados`, esto
es, hierbas y especias... No hay ya apenas restaurantes en los que
no se haya instalado el artilugio llamado `Paco Jet`, que permite
las más insólitas creaciones... Y gracias al cual
muchos `creativos` creen que vale todo, como helados de remolacha
o de otros tubérculos, raíces o cosas todavía
más insólitas, como tinta de calamar. Y no: no vale
todo. Pero éste será tema de otro comentario.
Con todo ello hay, sí, postres muy
atractivos sobre el papel, pero abundan los que siembran el desconcierto
en el comensal. A mí me gustan los postres que, además
de estar ricos, producen una sensación refrescante, de limpieza
de la boca... a condición de que no me sepan a dentífrico.
He de reconocer que me gustan muchos de estos postres `creativos`,
lo que no quita que disfrute muchísimo cuando me ofrecen
unas sencillas, honradas y tradicionalísimas natillas; eso,
claro, pasa pocas veces: no son `creativas`, y cuando lo son...
no son natillas. En fin, recuerden lo que de los postres decía
el protocronista gastronómico Grimod de la Reyniére,
que sostenía que todo lo que come un `gourmand` después
del asado es "pura amabilidad y cortesía" y aplíquenselo:
cuando alguien les acuse de golosos, respondan que no se trata en
absoluto de eso, sino que ustedes son gentes muy bien educadas y,
en consecuencia, amables y corteses... y no se priven del placer
de un buen postre: es la traca final.
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