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Por Caius Apicius Madrid,
21 may (EFE)
.- No deja de ser curioso que hayan sido
los japoneses quienes, de alguna manera, han resucitado el aprecio
de los consumidores españoles y, al mismo tiempo, hagan casi
imposible que esos consumidores puedan acceder al mejor de todos
los atunes: el de las almadrabas del Estrecho. El gran atún
rojo (Thunnus thynnus), al que ya Estrabón llamó `cerdo
del mar`, porque, como el terrestre, apenas tiene desperdicio, y
que en la Edad Media fue conocido como `el buey de los cartujos`,
fue uno de los pescados más apreciados a lo largo de la historia.
Es uno de los más viejos símbolos de la fauna marina
del Mediterráneo.
Sin embargo, llevaba años postergado
por su pariente de menor tamaño y carnes blancas, el atún
blanco o bonito del Norte, también llamado albacora (Germo
alalunga); probablemente, por la gran influencia en todo el país
de los modos culinarios de los vascos, grandes pescadores y consumidores
de este tipo de atún. El atún rojo, la verdad, se
veía poco en los mercados. Hoy se pesca, sobre todo, en el
Atlántico; pero el tipo de pesca más que milenario,
y que se sigue practicando en el Estrecho, en Conil, Barbate, Zahara
de los Atunes y Tarifa, es la almadraba, según parece introducida
ya por los fenicios, aunque su nombre actual sea de raíz
árabe.
La almadraba es, en síntesis, un
conjunto de redes que van de la superficie al fondo y que obligan
a los atunes que se dirigen al Estrecho para pasar al Mediterráneo
a reproducirse -atunes `de derecho`- a dirigirse a una serie de
cámaras de las que no pueden salir, y en la última
de las cuales se procede a la `levantá`, que consiste en
sacar los atunes del agua con ayuda de unos ganchos. Un espectáculo
algo truculento y sangriento, pero sin duda muy interesante, al
que asistimos el pasado fin de semana en Barbate. Entraron, ese
día, pocos atunes, veintisiete; todos ellos, una vez izados
a bordo, acabaron troceados -en cuatro cuartos- en un buque factoría
japonés, donde se los congela hasta 60 grados bajo cero para
su transporte al Japón.
Y han sido los japoneses, con la irrupción
de tantos restaurantes de esa cocina en Occidente y con su peso
en la cocina llamada `de fusión`, quienes han redescubierto
al español alejado de la costa del Estrecho -por cierto,
¡qué maravilla de pescados salen de aquellas aguas!-
el gran atún rojo, fundamentalmente preparado `al natural`,
o sea, en crudo.
El atún es, probablemente, el pescado más agradable
de comer en esas condiciones. Su carne es roja, infiltrada de grasa
-una grasa muy saludable, además- y muy sabrosa. Sin más
ayuda que un poco de salsa de soja en la que se mezcla algo de `wasabi`
-una pasta verde de rábano picante con la que conviene ser
cautelosos- y unas láminas de jengibre, se convierte en un
bocado delicioso. A mí me gusta, desde hace tiempo, el atún
crudo. O casi. Por ejemplo, el `carpaccio` de atún rojo,
con caviar, que preparaba Juanito Gálvez en `El Patio` de
Tenerife; o el espléndido `tataki` de atún -golpe
de plancha e inmersión inmediata en agua con hielo para detener
la cocción- sobre ajo blanco que elabora Alberto Chicote
en el `Nodo` madrileño. Además, todos -bueno, casi
todos- los `sashimi` o `sushi` de los cada vez más numerosos
restaurantes nipones de Madrid.
Pero también tengo alguna receta
casera; un magnífico `tartar` de atún por ejemplo.
Anímense: está riquísimo. Partan de un trozo
como de 400 gramos de lomo de atún rojo; el morrillo va mejor
a la plancha, y la ventresca admite preparaciones exquisitas. Lomos,
entonces. Sin estorbos, o sea, sin espinas ni piel. Píquenlo
como para una hamburguesa, pero a cuchillo, nunca a máquina:
la textura es muy diferente. Pongan ese picadillo en un cuenco de
cristal y salpiméntenlo. Añadan el zumo de dos limones
-si tienen limas, mejor-, mezclen bien y guarden el cuenco en la
nevera.
Piquen en dados minúsculos un par
de pepinillos en vinagre, otras tantas cebolletas y dos cucharadas
de alcaparras pequeñitas, y mezclen todo ello con el atún.
Emulsionen una cucharadita de salsa Worcestershire -ya saben, la
`Lea & Perrins`- en medio vaso de aceite virgen, batiendo bien,
y mezclen el resultado a conciencia con el contenido del cuenco.
Distribuyan el `tartar` -es mezcla de eso y de cebiche, como ven-
en moldes cilíndricos y sirvan un cilindro por plato, sobre
unas hojas de lechuga fresca que hasta pueden comerse, si quieren.
Yo les recomendaría, con este plato, un buen blanco; me iría
a un Chardonnay navarro o del Penedés fermentado en barrica,
fresquito. Y ahí tienen una muy rica receta de atún
crudo... que no es japonesa.
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