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  NOTICIAS 11 de enero de 2.001

  La Arqueología demuestra que los argentinos no eran tan carnívoros

Por Florencia Jaromezuk
Buenos Aires, 11 ene (EFE)
.- Con 60 kilos al año por persona, los argentinos están entre los mayores consumidores de carne vacuna del mundo, pero la Arqueología ha demostrado que hubo un tiempo en que les cuadraba mejor la etiqueta de "omnívoros". Que el habitante del Río de la Plata es esencialmente "carnívoro" y que entre las carnes su preferida es la de vacuno es una realidad incuestionable, que tiene que ver con la excelencia del ganado local. Según datos de la Secretaría de Agricultura, Pesca y Alimentación, Argentina y Uruguay siguen siendo los países del mundo con un mayor nivel relativo de consumo de carne de vaca, ternera o novillo, a pesar de la tendencia a la baja registrada a lo largo de la década de los años 90. Los 60 kilos "per capita" actuales son 23 menos que los de hace una década, pero 40 más que el nivel medio de los países de la Unión Europa, según la Secretaría. Sin embargo, no siempre fue así, según las últimas investigaciones de Arqueología urbana realizadas en Buenos Aires. El libro "Historias del comer y del beber en Buenos Aires", fruto de un proceso de investigación que duró mas de 15 años, revela que quienes habitaron en Buenos Aires durante los siglos XVIII y XIX poseían una variada dieta y no eran consumidores de carne roja exclusivamente. "Por medio de la Arqueología y realizando excavaciones encontré huesos y estos decían que en 1800 lo que hoy es Argentina no era el monopolio de la vaca, sino todo lo contrario, los pobladores comían mucho y muy variado", dijo a EFE el escritor y director del Centro de Arqueología Urbana, Daniel Schávelzon. Al parecer, según el investigador, la falsa idea de que en la tierra de las pampas sólo se comía carne de vaca fue fomentada por los informes de los viajeros que recorrieron el territorio argentino durante esos años, y que sólo relataron aquello que les parecía exótico y ajeno a sus costumbres. De los

restos de platos, cubiertos, botellas y alimentos encontrados se desprende que la dieta de los pobladores de Buenos Aires estaba constituida por un altísimo consumo de cordero y pescado, mulitas (armadillos), pájaros, aves de corral, avestruces, venados, mulas y hasta yacarés (caimanes). La preferencia por otros alimentos en lugar de la carne roja se debía principalmente a la dureza de la misma y a la imposibilidad de conservarla durante varios días, ya que sólo se vendía por cuartos de res y su olor al cabo de unos días era nauseabundo. El corte por piezas y la venta por peso no se instauró hasta 1880, como respuesta al aumento del coste de la vida, y cambió los hábitos del consumidor durante el siglo XX. Los habitantes elegían alimentos fáciles de manejar, y en el caso de la vaca preferían comer la lengua y la ubre a otras partes, ya que al cocerlas resultaban mucho más blandas que otros cortes. Según estas investigaciones, la mesa colonial habitual y su cocina eran muy diferentes de lo que se cree hoy en día. Había comidas poco variadas en su preparación, aunque incluían diversos productos animales y vegetales, se servían cantidades abundantes, no se efectuaban controles de calidad, se tardaba mucho en preparar los alimentos y se tiraban las sobras. La variedad de la dieta en la aristocracia estaba dada por exigencias gastronómicas, mientras que en la clase baja el cambio era obligado por el cambiante precio de los alimentos, según la oferta y la demanda diaria. El menú básico en las zonas rurales era el puchero o la "olla podrida", un plato de carnes diversas hervidas en una olla y acompañado con verduras, pan oscuro, alguna galleta marinera, sal, vinagre y picantes. Para Schávelzon, "en Buenos Aires no existió una sola forma de comer ni un sólo tipo de comida, sino que coexistieron varios en cada momento y todos ellos fueron cambiando con el tiempo. El problema es que construimos nuestra Historia a partir de una Historia ajena, inventada por otros".

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