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  EL TEMA
   He aquí el tinglado de la antigua farsa...

Por Caius Apicius Madrid, 18 oct 2001(EFE)

.- Estos días se celebra en Valladolid un importantísimo Congreso de la Lengua Española, vínculo que une a unos 400 millones de habitantes del planeta y que, como toda lengua viva, es permeable, guste o no a los puristas, a palabras que vienen de otros idiomas.
Del inglés, hoy; del francés, antes, además de enriquecerse con todas las aportaciones de las lenguas americanas anteriores a 1492; americanas son, en efecto, palabras tan cotidianas como `chocolate` o `tomate`, por no citar más.
Ocurre que en el tema que nos ocupa cada semana, la gastronomía, en español hay un montón de palabras que los antes citados puristas rechazan... inútilmente. Son, en su inmensa mayoría, vocablos que proceden del francés, que, no lo olvidemos, es el idioma de la gastronomía, la lengua de la cocina.
Hombre, podemos discutir la oportunidad de aceptar, en el Diccionario de la Real Academia, la palabra `entrecot`, del francés `entrecote` (con acento circunflejo en la o), que significa `entrecostilla` y puede traducirse perfectamente por `chuleta`; pero, como ya decía Emilia Pardo Bazán a principios del siglo XX, nadie piensa que se pueda traducir `tournedós` por `vuelta de espalda`, ni que, a estas alturas, alguien pida en un restaurante `hígado graso` -da repelús, ¿verdad?- en vez de `foie gras`...
Eso sí, llamamos `endivia` a lo que los belgas, padres de la criatura, llaman `chicon` en francés o "witloof" en lengua neerlandesa, que no se debe confundir con "endive`, la lechuga. No vale la pena pelearse para llamar al `risotto` `arroz cremoso`, ni, mucho menos, españolizar `spaghetti` en `espaguetis`, una palabra tan ridícula como el engendro de `güisqui` por `whisky`.
Pero hay una palabra discutidísima, que el Diccionario no acaba de aclarar; ni tampoco el `Tesoro de la lengua española`, escrita por Sebastián de Covarrubias en 1611. Nos referimos a `farsa`. Se suele emplear como sinónimo de relleno, cuando el Diccionario, que la hace venir del francés `farci`, la define como `nombre dado en lo antiguo a las comedias`, en el mismo sentido que Covarrubias.
Bueno; no les falta razón, pero no han ido al origen de la palabra. Yo tampoco pretendo ir tan lejos; pero que conste que la palabra, en principio, era polivalente. Me explico.
Farsa servía para nombrar cualquier tipo de relleno, fuera en el apartado de la comida, fuéralo en teatro. Un gran estudioso italiano, con cuya amistad me honro, Marco Guarnaschelli, deduce que la acepción referida a la comida es anterior a la que hace referencia al teatro.
En la Edad Media, la farsa era un espectáculo corto, cómico, generalmente basto, grosero, muchas veces en clave de parodia, con el que se mataban los tiempos muertos de una representación sacra. Se trataba, pues, de `rellenar` con algo divertido los vacíos de un espectáculo serio, como se rellenaban con algún picadillo bien especiado alimentos de por sí más sosos. Lo que pasa es que `farsa`, en español, se quedó en su significado teatral, mientras que en francés se mantiene el verbo `farcir` como sinónimo de `rellenar`, en cocina, y en italiano se distingue entre `farsa` -teatral- y `farcia` -relleno culinario-.
De modo que el español olvidó el primitivo sentido de `farsa` y se quedó con el de relleno teatral, fundamentalmente cómico. Tal vez por eso, Benavente abre sus `Intereses creados` con la frase de "he aquí el tinglado de la antigua farsa..." ¿Qué cocinaría el primer Nobel español de Literatura?
Porque la farsa antigua, como hemos intentado explicar, no se representaba: se comía. Y unos calamares rellenos, por ejemplo, se merecerán un aplauso cerrado... si la farsa es buena. Si es mala, no se molesten en patear: no se la coman.

 
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