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Por Caius Apicius
La Coruña, 13 ago (EFE)
.- Agosto, en las tascas de la mayor parte
de Galicia, sabe a pimientos; a pimientos verdes fritos, casi siempre
`de Padrón`, aunque haya algunos otros muy notables, como
los que se disputan Betanzos y La Coruña y los que se dan
en Narón, muy cerquita de Ferrol. Los pimientos acompañan
perfectamente a toda una serie de tapas o raciones en esa encantadora
manera itinerante de cenar que tanto se practica por estas latitudes;
van de maravilla con una tortilla de patatas al estilo galaico,
es decir, poco cuajada; se entienden muy bien con la carne de cerdo;
ponen un contrapunto pícaro al lado de unas `xoubas` fritas...
Por supuesto, con el añadido de unos cachelos, hacen plato
por sí mismos.
Ocurre que, claro, no todos los pimientos
son iguales. Los de Narón, últimos con los que uno
ha entrado en contacto, son de un verde muy bonito, de tamaño
mediano -me recuerdan los magníficos de Guernica- y tienen
una particularidad muy de agradecer: un bajo o nulo contenido en
capsicina, por lo que... no pican jamás. Los coruñeses
o betanceiros tienen la apariencia de pequeñas guindillas:
son finos y alargados. Su sabor es delicioso y, como los de Narón,
no pican. El problema es que, también como en el caso de
Narón, la producción es mínima, y no se encuentran
siempre que uno quiere. Son mis favoritos para acompañar
una fritura de pescaditos, con `xoubas` -los coruñeses llamamos
`parrochas` a estas sardinas adolescentes- o jurelitos, por aquí
arriba `xureliños`.
Quedan, claro, los más conocidos:
los de Padrón. Tendríamos que llamarles, con más
propiedad, de Herbón, pues es de allí de donde proceden;
pero ya se han quedado con el apellido que les liga a la tierra
natal de Rosalía y, casi, de don Camilo. Lo que sucede es
que por muy `de Padrón` que le digan a uno que son esos pimientos,
siempre le entra una duda casi metódica: ¿serán
de Padrón... o de Murcia o Almería? Porque no están
protegidos por la tan necesaria Denominación de Origen, que
hoy por hoy es imposible, entre otras cosas porque un señor
de Murcia, más espabilado que el que volvió de París
con Ninette, registró el nombre comercial de `Pimiento de
Padrón`.
Los padroneses juran y perjuran que sus
pimientos no suelen picar, aunque ya se sabe que `unos pican e outros
non`, y que esos ejemplares rabiosos que desencadenan en la boca
del `afortunado` todo el fuego del Averno son los que vienen del
Sudeste español. Es muy posible que así sea; lo cierto
es que, con un poco de práctica, uno sabe qué pimiento
va a picar y cuál es inofensivo. Eso sí, no olviden
que en agosto hay más posibilidades de que piquen que en
julio. La receta prácticamente única para todos estos
pimientos requiere su paso por la sartén. No tiene demasiadas
dificultades, pero va un mundo de freírlos bien a hacerlo
de cualquier manera. Yo tengo como reina de la fritura de los pimientos
a Toñi Vicente, y como rey al `Chef` Rivera, que ejerce en
Padrón. Por cierto que éste los sirve sin el rabito,
y éste es asunto en el que hay división de opiniones.
Para la mayoría, la presencia del
rabito es útil, para tomarlos por ahí con la mano
y llevárselos a la boca; evidentemente, el rabito es un obstáculo
engorroso si se comen con tenedor, que es como los pone el `chef`
padronés; mi amigo Pepe Domingo Castaño, padronés
ilustre a su vez, los prefiere sin rabito "porque así
los pincho con el tenedor -o el palillo- de dos en dos".
Curioso, lo de "de dos en dos"; ustedes verán que
cuando un gallego come pulpo `á feira`, lo hace con palillo...
y pinchando dos rodajas cada vez. Volvamos a los pimientos. Ustedes
se cercioran de que la bolsita en la que suele venir un ciento es,
de verdad, de Padrón. Los lavan y los secan muy bien. En
una sartén con una razonable -más bien más
que menos- cantidad de aceite de oliva echen los pimientos cuando
el aceite esté aún templado; tapen la sartén
con una tapadera y dejen que se hagan un par de minutos. Destápenlos,
denles la vuelta y háganlos -aquí entra ya la `mano`-
unos minutos más. No han de quedar crudos, pero menos todavía
quemarse.
Retírenlos, sin escurrirlos demasiado,
con una espumadera; pónganles un poco de sal fina y, en un
toque sibarítico, algunos granos de sal marina: da gusto
romperlos en la boca. Un blanco gallego al lado, buen pan, más
que nada por si sale alguno rabioso... y a disfrutar de uno de los
más clásicos sabores del verano -que lo hay, se lo
juro que lo hay- de Galicia.
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