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Por Caius Apicius
La Coruña, 20 ago (EFE)
.- Andaba yo el otro día por el
mercado de pescado de la coruñesa Plaza de Lugo disfrutando
del espectáculo del género allí ofertado, que
no del aspecto de un edificio que pide a gritos una restauración,
en este caso arquitectónica, cuando asistí a un nuevo
episodio de la que podríamos llamar `guerra del laurel`.
Estaba parado ante mi puesto marisquero favorito, el de mi amiga
Aurora; este puesto sí que es espectacular. Allí había
espléndidas cigalas, nécoras vivas, camarones en el
mismo estado y hasta percebes que reaccionaban si se les tocaba
en lo que nosotros llamamos `uña`, que es por donde, entre
otras cosas, se alimentan estos atípicos y deliciosos crustáceos.
Una ciudadana acababa de adquirir, no sin antes practicar el viejo
-y, para mí, inextricable- arte del regateo, un par de kilos
de nécoras. Vivas, ya digo. Ya con el botín en la
mano, pidió "unas hojitas de laurel". Aurora contestó
que no tenía de eso. La otra se fue algo mosca, y sin laurel.
Esto del laurel... Todos los viejos recetarios galaicos, y no galaicos,
prescriben, para cocer el marisco, agua con sal -sería mejor
agua de mar, pero ya me dirán de dónde sacamos en
estos tiempos agua de mar razonablemente limpia- y unas hojas de
laurel. Dejemos clara ya una cosa: el laurel, al marisco de por
aquí, no le hace ninguna falta. Más bien le hace daño.
El laurel sabe. Bien, incluso. Hace unos días, un joven cocinero
coruñés, `Jano` Blanco, me puso como guarnición
de un pescado unas patatas que me supieron a gloria bendita. "Jano
-le dije-, estas patatas tienen truco". No conseguí
que me revelara todo el truco, pero sí que me dijera que
las había cocido con laurel. Y estaban impresionantes. De
modo que el laurel, en sí, y usado en dosis casi boticarias,
no es malo.
Pero altera el sabor. Para bien, en el caso de esas patatas. Para
mal, en caso de marisco de exposición. Ocurre que es ya una
rutina utilizarlo en la cocción de los crustáceos,
y así percebes, nécoras, camarones, cigalas y centollas
se ven coronadas -póstumamente- a la manera de los Césares,
con hojas de laurel. No aspiran a tanto... ni se lo merecen, y no
porque no sean buenísimas, sino precisamente porque lo son.
La propia Aurora nos explicó esta manía por las hojas
de laurel. "Nuestras abuelas -nos dijo- cocinaban en otras
condiciones. Muy pocas tenían nevera. Tampoco el marisco
llegaba al mercado siempre vivo, como éste -y señalaba
las joyas expuestas ante ella-. De modo que usaban el laurel para
disimular un poco el sabor algo alterado de un marisco que tenía
varios días".
Hoy, efectivamente, la adición de laurel es innecesaria.
Más que eso: contraproducente. Hace años que intentamos
que las cosas sepan cada vez más a ellas mismas; el marisco,
opinen lo que quieran los incondicionales de la plancha, revela
su auténtico sabor simplemente cocido. Un camarón
que se compra vivo -y siempre hay que comprarlo así- no necesita
otros añadidos. Con ellos será un camarón laureado,
pero uno lo prefiere sin condecoraciones, tal cual es, vestido de
diario.
Hablando de camarones... En Galicia se entiende por camarón
el crustáceo que en otros lugares se llama, con poca propiedad,
quisquilla, o kiskillón. En la plaza se encuentra, cuando
se encuentra, vivo, saltando; el tamaño que más me
gusta es el que va de los seis a los ocho centímetros de
longitud. Y, una vez cocidos, me gusta que brillen, que tengan un
vivo color rojo y que su carne esté firme, prieta.
Una amiga coruñesa y boticaria me dice cómo conseguirlo.
Ella pone a hervir agua, sin sal -"la sal los pone blancos",
me explica- pero con una piel de cebolla "para que brillen".
Lleva el agua al fuego y, en cuanto hierve, echa los camarones;
cuando vuelve a hervir, los saca y los somete a un momentáneo
baño de agua muy fría, con hielo, "para que las
carnes queden duras". Finalmente, los echa en un recipiente
y les añade la sal, gorda, marina, manoseándolos para
que su exterior se impregne de ella. Como ven, el laurel no aparece
por ninguna parte. Ah: los camarones, como las cigalas, las nécoras
o las centollas, hay que tomarlos como mucho a temperatura ambiente,
nunca `de nevera`. Los percebes, no; los percebes hay que comerlos
recién cocidos, quemándose los dedos.
En cualquier caso, quédense con la copla: el marisco es una
cosa muy rica y, casi siempre, muy cara. Si es bueno, claro, que
hay de todo. Por tanto, conviene respetar al máximo su sabor
propio, tan marino, tan yodado. De modo que, al cocer el marisco...
no se me vayan a dormir en los laureles.
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