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Por Caius Apicius
Madrid, 1 oct (EFE)
.- Toda España está de vendimia,
o sea, de fiesta; el vino que viene es una de las incógnitas
de cada otoño, esa maravillosa estación en la que
la vida, lejos de languidecer, se reafirma con la promesa del vino
nuevo, renovando año tras año -y van, por lo menos,
diez mil- la alianza entre los dioses y los hombres.
¿Cómo se presenta la primera vendimia del siglo, la
primera vendimia del tercer milenio de nuestra Era? En principio,
bien. Lo digo porque las Denominaciones de Origen a las que más
apela el consumidor español a la hora de pedir un vino en
una barra o, mejor, en un restaurante, anuncian cosechas de gran
calidad, con no pocas variaciones en la cantidad.
Empezaremos, como en una comida, con los blancos. Rueda parece gozar
de buena salud; se prevé una cosecha algo más corta
que la de año pasado, pero de una calidad alta. Son blancos
de una intensidad aromática excelente, tanto los elaborados
exclusivamente con la variedad Verdejo como los que incorporan una
de las mejores blancas del mundo, la Sauvignon Blanc, felizmente
adaptada a las tierras de Valladolid.
Donde se espera una vendimia récord es en las Rías
Baixas. Van ya tres años difíciles para los Albariños,
los Rosal, los Condado. Este año, según parece, habrá
una cosecha cuantitativamente extraordinaria: se habla de diecisiete
millones de kilos. Recordemos que, en el 98, se cosecharon sólo
tres millones y medio... Para un vino que tiene en la acidez correcta
una de sus señas de identidad, una gran cosecha en cantidad
debería equivaler a una añada excelente en calidad.
El próximo verano beberemos grandes Albariños, no
lo duden.
En el mundo del tinto, hay disparidad. La Ribera del Duero, tal
vez sobreexplotada los últimos años, va a tener una
cosecha menor que la última del siglo pasado; hablamos de,
como mucho, unos cuarenta millones de kilos de uva. Probablemente,
según me cuentan no los enólogos, sino los viticultores,
de grandísima calidad; a lo mejor estamos ante un `excelente`.
Falta le hace a una zona que lleva unos años irregulares,
salvando, claro está, a esas bodegas que están en
la mente de todos y que año a año realizan el milagro
de elaborar unos vinos extraordinarios.
Y nos queda la Rioja, siempre una incógnita. Por lo que parece,
la cosecha no será tan grande como la enorme -seiscientos
millones de kilos de uva- con la que despidieron el siglo. Pero
tampoco bajará demasiado. Me atrevo a hablar de una añada
`muy buena`, pero no `excelente`, aunque nunca se sabe: son los
años los que marcan esa calificación, que nada o muy
poco tiene que ver con las clásicas tarjetas `de ejecutivo`.
En Rioja, como en Navarra -pero ésa es otra historia-, hay
pocas añadas decepcionantes. Ocurre, sí, que no hay
un criterio bien definido. Aclaremos: la del 94 fue, probablemente,
la mejor desde aquella mítica -y sensacional- del 64. Se
la calificó, claro, de `excelente`. Recordemos que desde
el 64 sólo mereció esa calificación la del
82, que tampoco fue para echar cohetes.
Bien, pues en el 95 -magnífica- se dudó en poner otra
vez lo de `excelente`: nunca había habido dos vendimias `excelentes`
seguidas. Tras muchas dudas, se la calificó así. Era,
reconozcámoslo, muy buena. Ah, pero llega el 96. Era -es,
se lo juro- mejor, en general, que el 95... pero tres `excelentes`
seguidos eran demasiado. Y no se atrevieron. Entre nosotros: si
encuentran, compren y beban `96` de Rioja.
Rueda y Rías Baixas estarán ya perfectos en primavera.
Ribera y Rioja, no. Hay que esperar unos años, salvo que
a ustedes les gusten los vinos `niños`. Pero lo que debería
notarse en estos vinos es una bajada de precios. Dejando aparte
los Albariños, donde el coste de la uva es, desde hace años,
disparatado -y alguna vez tendrán que replantearse las cosas-,
en las otras zonas comentadas la uva se paga este año mucho
más barata.
¿Repercutirá ese precio bajo en el del producto final?
Ojalá. Debería ser así, pero... en el mundo
del vino, y hablo de todo el proceso, desde la viña a la
bodega, desde ésta a la tienda, desde el distribuidor al
restaurante, malo es acostumbrarse a precios altos. Todo lo que
sube, baja, decimos. El vino, no.
Y está claro que el buen vino cuesta -y vale- un dinero;
pero como no todos los años es igual de bueno, ni la uva
se paga al mismo precio, deberíamos empezar a notarlo. Déjenme
ser pesimista, o, si prefieren, optimista bien informado: nos darán
miles de razones por las cuales el vino no baja de precio. Allá
ellos; de momento, el mercado exterior lo acusa: se vende menos
vino fuera que nunca. ¿Lo tendremos que pagar nosotros?.
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